hasta la profesión

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¿Cómo te sientes? Es una pregunta que escucho cada vez más a menudo. Supongo que es parte de los rituales previos a un evento de la magnitud del que se aproxima. Hasta hace poco, comencé a sentir un hueco en la boca del estómago, cierto cosquilleo en las manos y las plantas de los pies, y una cierta «efervescencia» que sube desde mis entrañas hasta mis hombros. ¡Estoy emocionado! También me siento contento, satisfecho, esperanzado y expectante. Más allá de los detalles de la logística, mi corazón está anhelante.

Me alegra saberme querido por Dios. Sin Él, todo esto no sería posible. Me alegra que haya tantas personas especiales en mi vida que se harán presentes ese día, de una manera u otra. Cuando pienso en los miembros de la comunidad que cooperan para el convivio después de la misa, me asombro, y mi gratitud está con ellos. Sé que nuestras pequeñas células en la parroquia no son precisamente el más claro ejemplo de cristiandad, pero gracias a Dios todas siguen creciendo en la caridad. El sábado próximo será nuestra celebración porque todos hemos puesto un granito de fe en medio de todo.

Después de los preparativos, solamente falta ir por los recuerditos. Estoy satisfecho porque la planeación ha ido caminando sin muchos contratiempos. Tanto por el apoyo de las personas de la parroquia, como por los consejos aquí y allá que los miembros de mi comunidad escolapia han ido ofreciéndome, he sentido que no voy tan solo en esta empresa. Respecto a la Eucaristía, todo ha sido preparado con esmero, con alegría y esperanza. Cada canto que entonaremos, cada monición que escucharemos, las lecturas que serán proclamadas, las letanías que elevaremos al buen Dios… Mi corazón ha vibrado al ir redactando el ritual de mi Profesión Solemne. Puedo decir que esa Eucaristía quiere significar una síntesis de más de 33 años de vida, de relación con el Señor.

Y ya que entregar la vida entera es mirar hacia ambos lados de la calle, como nos enseñó Plaza Sésamo, cruzo con un ojo en el pasado que sintetizo y otro en el futuro. Sé lo que espero para mi vida; y mi mayor garantía es la presencia de Dios caminando a mi lado en medio de todo lo que implica la vida del escolapio. A veces mi corazón es más sensible a esa compañía; otras, no. Me queda claro que eso no depende de mí solamente, y que Él es fiel aunque yo no pueda seguirle el paso como quisiera. Estoy aquí para ir a la zaga del Maestro, haciendo todo lo posible por abrir el corazón y dejar mis manos bien dispuestas para el trabajo por el Reino. Lo demás, es cuestión de tener un poco de paciencia porque las cosas de Dios toman tiempo, no siempre estaremos al cien por ciento.

Ante ese futuro estoy expectante. No adelanto nada, ni quiero adelantarme a vivir lo que aún no es tiempo. Quiero, mejor, saborear cada día con su propio afán. Somos personas que planeamos muchas cosas, que vivimos con un pie aquí y otro en el porvenir, e incluso nos quedamos atrapados en ese futuro muchas veces. Le ruego a Dios que pueda seguirlo confiado, dejando que cada día traiga su propia riqueza.

Por eso, miro el sábado con un profundo cariño, sabiendo –como nunca antes– que todo saldrá como mejor pueda salir. Tengo a mi lado personas que me ayudarán, es un momento comunitario. Quiero vivirlo como una celebración de la asamblea, dentro de la cual la vida de uno de sus miembros se ofrece con alegría para el servicio de todos. Luego vendrá todo lo demás. Si lo vivo así, tendré la humildad para aceptar que todo cuanto se ha planeado puede resultar distinto, y muy seguramente lo hará. Todo es Gracia.