El sol caía aplomo sobre las gastadas calles de la ciudad mientras caminaba hasta la facultad, al llegar a la puerta, una mano agitada me llamó al otro lado del claustro, al pie de la escalera. Reconocí la mano, revolviendo el aire alrededor como revueltos son sus días, llenos de un burbujeante ritmo sin compás. Llegué y entré a un cachito de ese mundo que revela de a poquitos cuando nos vemos, en los gratos momentos en que la rueda nos lleva a coincidir en espacio, tiempo y en intenciones.

Sentado al frescor de la escalera, oyendo atento dos o tres palabras distraídas que tocaban el murmullo que hace a la escuela. Recordando algunas imágenes y mirando otras para recordarlas después, con más calma, para cuando los sueños no me dejen dormir. Ella es Lucía, él es Xavier; hermanos de tiempo, compañeros de camino, mendrugos y banquetes. Luego salir a la inclemente resolana que nos esperaba paciente.

Una vieja casa atrás del legendario templo, ahora es un lugar de encuentro para todos aquellos que buscan un sitio donde poder comenzar lo que no quieren que termine. Un café, en el patio de una casa que nos recuerda el paso de los peninsulares por estas latitudes. La mesa pequeña en un rincón, un moka frío que sirve de preámbulo para una charla amena que sólo las paredes harán perpetua al tiempo. Ella dejando que su voz hiera el silencio y cobre vida, mostrando la luminosa sonrisa, un poco apagada por el tiempo y la vida, que se empeña en borrarla algunas veces. Yo, absorto en su simbólica palabra, la sensatez de su expresión y la chispa que anima los sonidos.

Haciendo un pequeño paralelo, me atrevo a transportarnos al jardín aquel de nuestra infancia, remotos tiempos en los que soñar era lo más que teníamos, cuando la vida tenía muy pocos tonos y matices. Ha pasado un tiempo, es cierto, y sin embargo estamos reunidos, frente a frente, conociendo otra vez al amigo de ayer… contrastando y sonriendo ante el nuevo; sabiendo que todo tuvo que pasar para volver a coincidir, ahora distintos, ahora crecidos.

¿De qué hablamos? De aquello que la vida encierra detrás de cuanto pasa en este plano, de los proyectos vivos, de las lecciones aprendidas después de alguno que otro catorrazo, de los compañeros de camino que han caído y ahora nos vigilan desde arriba, de un clic en el que quiero dejar de creer mientras la miro; ¡qué contradictorio suelo ser!

El tiempo se escurre y eso lo sabe la clepsidra más que nadie. La fresca oscuridad asomó a nuestra tierra y pasó sin que le abriéramos la puerta. Cuando nos dimos cuenta, era hora de seguir con el día, de preparar la cena, de correr a la casa. Seguimos caminando y sonriendo bajo un cielo opacado por las claras bombillas.

Una gran avenida, caminar aprisa para llegar al otro lado, mientras yo la veía, sabiendo que tendremos otra tarde muy pronto. Gracias por tu sonrisa, mi entrañable amiga.