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Pienso en la formación, y cómo es una etapa crucial: tan delicada que puede determinar el futuro de una generación entera dentro de la comunidad ¡y fuera de ella! Considero cuán difíciles los retos y cómo el cambio generacional puede ser un factor interesante en los próximos años: ¿hasta qué punto está lista la estructura de la formación para responder a las nuevas estructuras sociales, mentales-psicológicas, habituales, comunicativas… de nuestros futuros formandos? Luego, considerando que los procesos humanos son una trama tan sutil, tan delicada, quedo asombrado y en una actitud reverente ante quienes son enviados a estos terrenos –a menudo agrestes– a remover una tierra y arrojar una semilla que no depende de ellos, pero que puede multiplicar la vida con la Gracia de Dios, que acompaña su obra con justicia-misericordia, y la generosa respuesta de quienes, desde la propia pequeñez, se descubren posibilitados para amar sin medida y trabajar con entusiasmo en esta mies fertilísima; así encuentran el sentido pleno de su vida como vivencia del continuo seguimiento de Cristo, quien nos ha amado primero y nos ha salvado.

Quienes han pertenecido o pertenecen a una orden, congregación o sociedad religiosa pueden decirse relacionados a una tradición que data desde los tiempos de su fundación. Este tiempo se ha visto influenciado por diversas manifestaciones del mismo carisma fundacional que animó a una mujer o un hombre a dejarlo todo y vender cuanto tenía por comprar el campo donde había hallado una perla preciosa. Todo valía la vida. Luego, este sueño se ha ido encarnando en diversos modos más concretos. La vida escolapia, por ejemplo, hoy conoce de experiencia de educación no formal, y se ha reconocido capaz de caminar junto a los hermanos y hermanas laicos en los que halla la riqueza de la diversidad dentro de la unidad carismática. Nuestra formación hoy nos prepara ante esos retos y pretende que sepamos adaptarnos a los nuevos vientos –no como simples espectadores o “porristas”– sino como auténticos compañeros maduros de camino, haciendo Iglesia desde una pretensión diferente, un modelo que responde a otras necesidades y realidades. ¡Es un gran reto! Por eso digo que no solamente se habla ad intra, sino también ad extra de la familia religiosa propiamente hablando. Nuestro modo de ser y estar en las obras está invitado a cambiar desde una perspectiva lanzada a nivel global, circular, plural y creativo.

Global porque se va insistiendo en que profesamos para la Orden, retando así el antiguo modelo de provincias que determinaban los destinos de los religiosos. Hoy, la Orden va respondiendo a las necesidades de esta nueva realidad –global, que rompe las fronteras políticas antaño intocables– y se mira capaz de romper sus propias barreras en busca de una postura mucho más aggiornata a los signos de los tiempos. Bajo lo que creo es un criterio de lo mejor que tengamos en el lugar donde más se necesite.

Circular porque los modelos piramidales se han visto resquebrajados desde hace ya varios años. Se guarda un respeto por los mayores, por quienes nos dieron la vida en la Orden y nos mostraron el camino angosto que habríamos de recorrer; claro que sí, pero no se confunde ese respeto amoroso por una malsana relación jerárquica de separación, alejamiento, exclusividad y elitismo. Además, la inclusión de los laicos de maneras ¡hasta jurídicas! en la vida de la Orden nos impulsa a romper con esa estructura. La autoridad misma está invitada a vivirse como un servicio.

Plural porque tanto los modos como los sujetos de nuestro trabajo se han transformado. La educación no formal, asumida con la misma seriedad que la educación formal, por ejemplo, nos ofrece la riqueza de poder responder a la realidad que, en un periodo muy breve, nos retó a movernos con ella, rotando sobre el eje de la fidelidad carismática, para entrar al nuevo milenio. Además, la pluralidad de realidades que existen en nuestra Orden, manifestada no sólo por la diversidad cultural, sino –y sobre todo– por los rostros concretos de escolapios alrededor del mundo que, con afinidad de espíritu y activa solidaridad con los niños pobres, buscan sinceramente donde quiera que estén que esos niños y jóvenes logren un feliz transcurso de toda su vida y alcancen la salvación eterna. La pluralidad muestra, así, la universalidad de nuestro carisma y la formación busca que estemos lo más abiertos posible a ella.

Creativo porque precisamente esa búsqueda de la felicidad de nuestros niños y jóvenes nos lleva, por un lado, a empeñarnos con ahínco ahí donde ya están las Escuelas Pías, para que nuestros hijos e hijas puedan desarrollar la grandeza que habita en ellos; y por otro lado, para seguir llevando la Escuela Pía donde sea menester: para lo que necesitamos aún más herramientas creativas y retarnos como institución en más de una ocasión. Nunca ha sido fácil, pero una característica de los escolapios que he conocido es su habilidad para tornar una situación adversa en una lección de vida, una experiencia con final agradable. Sin creatividad basada en la alegre esperanza de que el Señor camina con nosotros todo el tiempo, no podríamos llegar ahí. Esta fe profunda es algo que no hemos perdido en 400 años, y que la formación ha permitido instilar a cada nueva generación.

Precisamente ahí está uno de los retos más grandes de nuestra formación hoy: las generaciones nuevas han aprendido a confiar en otros recursos, en otras soluciones, en la vida cómoda y práctica de la sociedad del bienestar y del consumo. Ya sea porque goza de esas prerrogativas o porque ha carecido de ellas y quisiera poseerlas. En una sociedad global, carente de modelos fuertes, en busca de certezas –mientras paradójicamente duda de todas las verdades, dándoles a todas un “rasgo de verdad”– y con el creciente modelo de no-comunicación a niveles profundos, ¿cómo plantear líneas formativas de crecimiento integral para las personas que tocan a nuestras puertas? ¿Qué discurso, qué método, qué enfoque…? Tenemos un marco general, por supuesto, (FEDE) y sin embargo, en el momento de las controversias locales, de la convivencia del día a día, surgen las dudas que interpelan nuestra capacidad de mirar más allá de nosotros mismos, de cómo fuimos formados, y responder con fidelidad y creatividad ante la novedad que trae la brecha generacional.

Esa fidelidad creativa tiene su punto de toque en el acompañamiento de los procesos –tanto individuales, como grupales– que se dan en nuestras casas de formación. Asistimos a una formación preocupada por un crecimiento integral, que brinda espacios para la expresión, la comunicación, el diálogo fraterno. El humanismo, opuesto a las corrientes pragmáticas funcionalistas con las que nuestros jóvenes han sido educados, nos brinda bases con las que los procesos de acompañamiento se hacen más cercanos, y posibilitan la autonomía del formando respecto al propio proceso, con miras a una formación permanente responsable, abierta, libre.

De ahí que mi asombro y mi reverencia ante quienes están acompañando con especial atención a los signos de los tiempos y una escucha atenta a la Palabra de Diosamando a cada uno de los formandos y sintiendo como propia la situación de cada uno. ¡Vaya exigencia y compromiso! Ya se decía arriba, de la formación depende mucho, no sólo internamente. Si bien en última instancia cada hombre ha sido constituido libre para dar su respuesta al llamado de Dios, el acompañamiento resulta una oportunidad y reto, tanto para quienes damos la respuesta, como para quienes caminan con nosotros como guías experimentados: que maduran su vocación y la alimentan con la oración y el trabajo. 

Precisamente es a través de la oración y el trabajo como nos vamos dando cuenta que entre más trabajamos por Cristo, más nos debemos a Él, porque Él es nuestro fruto. Entonces, la formación hoy –como ayer– está en las manos de Quien nos ha llamado no por nuestros méritos, sino por su Amor. Entramos, reverentes, así, en el misterio de cómo, si bien hay muchas cosas imposibles para los hombres, para Dios todo es posible. Esta confianza, esperanza, depositada en Dios, es uno de los regalos más grandes que el mismo Dios nos ha dado a lo largo de nuestros 400 años. ¿Por qué habríamos de temer si el Señor está de nuestra parte? Calasanz logró contagiar a quienes eran escolapios en aquel entonces, la formación puede ser esa oportunidad para empapar de el espíritu que acompañó a José de Calasanz en todo momento.