Ayer fui a la óptica. Necesito lentes nuevos porque lamentablemente perdí los míos el domingo pasado en un desafortunado accidente. Por ahora estoy usando los que usaba en la preparatoria, pero no es lo mismo. En una semana estarán listos, sin embargo, y podré ver mucho mejor.

Cuando tenía como 5 o 6 años mi maestra de primer año alertó a mis padres sobre mi debilidad visual. Estaba en la primera fila y simplemente no distinguía las letras que me ponían a leer. Me llevaron a Oaxaca para que me hicieran un diagnóstico y, de ser necesario, los lentes. Fue una experiencia muy interesante, novedosa y no comprendí muy bien como, pero veía mejor cuando me pusieron aquel armazón pesado y cambiaban los pequeños lentes. “¿Así está bien?, ¿mejora?” Al final me quedé con unos lentes del tamaño de mi cara y una correa café… después de esto la historia ha sido contínua; lentes tras lentes y mi graduación ha ido aumentando.

El examen de ayer me lo hizo una mujer que estaba ahí como empleada de la óptica en aquella primera experiencia, ahora es optometrista y sigue teniendo la misma paciencia y buen ánimo que la caracteriza. La señora Paz tardó el tiempo necesario. Y estando en ese cuarto recordé mi primera experiencia, han pasado muchos años. Hoy no me puedo imaginar sin lentes, y ella también se acordó de mí. “Estabas chiquito, ¿ibas en la primaria, verdad?” Ahora más conciente pedí mi graduación y comprendí a qué se debe cada número. Muy divertido salí y escogí un armazón sencillo. Ya no quise acetato, se resbala cuando estoy distraído. Ja, ja, ja.

Bueno, el 28 me entregan los lentes y veremos.