Y entonces, un día…

Aquella leve insinuación se hizo certeza
y la historia adquirió nuevo sentido.
El sueño antaño abandonado y frío
despertó como un fuego, como un río.

Mis sueños y mis planes me parecían ahora
lejanos y sombríos.
Vivía y me daba cuenta
que no era quien yo era ni sentía.
¿Qué me pasaba, Dios?
¡Creía haber ganado tantas cosas
y estaba tan vacío!

No hubo un ángel, ni luz resucitada,
ni fuego que bajara de los cielos,
solo en la oscuridad Tú me aguardabas
¡No fue fácil, Señor, entrar en el abismo!
Encontrarte, luchar con mis deseos,
oponer resistencia: convencerte
diciéndome que aquello 
sólo era un espejismo.

¡Pero NO! ¡Éste era tu momento!
Por años esperaste amándome en silencio.
Dejaste que fuera y descubriera,
me sostuviste, animaste y condujiste
todo estaba dispuesto.
Escribiste Tu historia con paciencia
en mis renglones chuecos.
Y ese día volvías con la sonrisa 
de aquel primer encuentro.

Me miraste, Señor, y me llamaste
me nombraste de nuevo.
“Medroso corazón agazapado
tras muros de conceptos:
sal a mi encuentro y sigue
tu sueño, que es mi sueño.”

Y poco a poco abriste
mi amor y entendimiento,
y cambiaste mis sueños
(o más bien reorientaste mi barca
hacia el rumbo perdido
después de tanto tiempo)

“¡Tanto tiempo!” te ríes
“¿No comprendes, acaso, 
que mi amor es eterno?”

Y este amor, y estos sueños,
estas ganas y miedos
quiero, Señor, que tomes,
que sean tuyos de cierto.
Porque pobre y pequeño,
desnudo ante tus ojos,
no hago más que entregarte
lo poco que poseo.
Me he puesto ya en tus manos
Tú pondrás lo demás
porque puedes hacerlo.