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Nosotros creemos en un Dios que ha prometido sacarnos de la muerte, la cultura de muerte, la oscuridad y la desesperación, porque nos dará nueva Vida según el Espíritu que levantó a Jesús de entre los muertos. Y todo eso puede sonar bonito, pero ¿cómo llegamos ahí?

Hoy las lecturas nos hablan de esperanza. Ésta crece poco a poco. Marta, por ejemplo, vive un proceso que consigue lo impensable. Primero, llama a Jesús para que los visite porque él es su amigo. Cuando al fin llega Jesús, ella sale a su encuentro. Luego de conversar un poco con él, le confía sus miedos y deseos. A Jesús y a Marta les afecta la muerte de Lázaro y la tristeza se manifiesta en su llanto, pero no se quedará ahí. Jesús la desafía a creer y mirar algo más. Por ello, finalmente, se atreve a lo que nadie podría imaginar, ha escuchado la voz de Jesús y ha decidido creer. Marta y María viven un camino que les permite conocer más hondamente la identidad del amigo, ya no como un simple compañero de camino, sino como Aquel quien es capaz de darles VIDA porque Él mismo es la Vida.

Nosotros hoy podemos salir al encuentro de Jesús también. Él se nos manifiesta en los de casa, quienes conviven con nosotros todos los días. Ahora, en momentos complejos como los que nos toca vivir, también podemos hallarlo con los vecinos a quienes apenas veíamos porque siempre el ajetreo nos lo impedía. Hasta en la familia la dinámica puede cambiar un poco ante la situación que vivimos. Si la relación entre nosotros no iba muy bien, tenemos una gran oportunidad para volvernos a mirar a los ojos y tratar de conectar de nuevo desde el corazón porque de eso se trata: volver a lo esencial, al amor que estamos llamados a vivir. Para esto, la Palabra de Dios y la oración en familia son dos rasgos fundamentales para ayudarnos en este caminar hacia un cambio en la dinámica para mejorarla.

Nuestra muerte

Nosotros, en esa oración, podemos confiarle a Jesús los miedos y anhelos del corazón. Y, al mismo tiempo, reconocer cómo actúa la muerte en nuestros corazones. A veces, lo que digo, pienso, hago; lo que callo, evito hacer o pensar, me lleva a dañarme a mí, a los hermanos. ¿Qué te dices habitualmente a ti mismo? ¿Te das palabras de vida y amor, o te conviertes en un juez lleno de ira contigo mismo porque no alcanzas la supuesta perfección que nunca llega? ¿Cómo tratas a los demás? ¿Les abres un espacio para la comprensión, o esperas que actúen solamente conforme a tu voluntad y tu deseo pensando que es lo mejor para ellos? Cuando encontramos la manera en que la muerte nos afecta particularmente, podemos decirle a Jesús: Tú eres la Resurrección y la Vida. Creo en Ti. ¡Sálvame!

Nosotros podemos escuchar la voz potente de Jesús. En este fragmento del evangelio hay una serie de afirmaciones importantes. Él dice: “esta enfermedad no acabará en la muerte”. Sólo Jesús puede estar completamente seguro de esto porque Él es la Vida misma. Nuestra esperanza nos anima a saber en lo profundo de nuestros corazones que, aunque la muerte actúa en nosotros, no tendrá la última palabra. Siempre hay algo más. Jesús nos desafía: “Yo soy la Resurrección y la Vida ¿Crees tú esto?” Porque creer en esto implica romper con todo aquello que nos quita la vida, que nos limita el corazón para amar, que nos roba nuestra capacidad para imaginar y crear un mundo más humano, más justo. Porque creer en la Vida que es Jesús significa entregarnos a lo imposible y vivir con paz en medio de la tormenta. “¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”, le pregunta a Marta cuando ella duda frente a la petición de remover la piedra. Es un anticipo de la gran roca que Jesús mismo hará añicos con la fuerza del Espíritu, en su propia Resurrección. Y hoy, frente a las grandes dificultades que yacen frente a nosotros como humanidad, la pregunta de Jesús sigue vigente. ¿Qué te impide creer en la fuerza de Dios? ¿Qué esperas para reconsiderar tu propia muerte y dejar paso entre las rendijas para que entre la Luz a tu vida?

La última frase es “Lázaro, sal fuera”. En medio de la tristeza y el miedo, la desesperanza y la angustia que puede provocarnos toda esta situación; En medio del tedio o el sin-sentido que nos deja permanecer tanto tiempo inactivos, o varados en el mismo sitio; la voz de Jesús resuena. “Sal” Fuera de ti, de tu muerte, de la cueva en la que has guardado el corazón, el perdón, el valor, la paz, la comprensión y la compasión. Fuera de tus esquemas mentales que te vuelven mudo-ciego-sordo al mundo interior de tus hermanos (o al tuyo). Fuera de todo lo que ata tu corazón. Es hora de escuchar a Jesús: “desátenlo y déjenlo andar”. Y tú, ¿puedes echar a andar tu corazón en salida hacia los demás?

Hoy te invito a orar junto a Jesús. Nuestro mundo está desafiado por una enfermedad de la que sabemos poco, pero nos tenemos que cuidar. Hay personas que han perdido a seres queridos. Hay personas preocupadas porque alguien en su familia está enfermo, o trabaja en hospitales con los riesgos que eso implica, o no le han permitido quedarse en casa, o vive lejos y no podemos compartir estos momentos juntos… Es la hora de la esperanza. Es momento de confiar y decir con Jesús: “Te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que Tú siempre me escuchas…”

Que el Señor nos llene el corazón de esperanza y amor.