Hablar sobre fidelidad es todo un tema en nuestro tiempo.

Creo que vivimos en una cultura que insiste en lo efímero, en la caducidad de todo cuanto nos rodea, en el utilitarismo que define el valor de las cosas, de las personas inclusive. Pasamos nuestros días inmersos en un mundo que no se cansa de repetir las “bondades” de una visión individualista de la realidad, centrada en el placer inmediato, que sólo puede garantizarse por una fuente inagotable, una serie ininterrumpida de estímulos. Así, llegamos a un aislamiento, encerrados en nuestra propia burbuja de intereses esperando a ser satisfechos, construyendo una realidad que gira incesantemente en torno a nuestros egos.

¿Es así para todos? No lo creo, pero es cada vez más difícil encontrar a quienes viven a contra-corriente. Quienes creen que existen valores capaces de dar sentido a una existencia entera, sin la necesidad de irse moviendo de un lado a otro, como se nos ha enseñado últimamente, son pocos. La fidelidad viene así a convertirse en un gran desafío para quienes han podido formarse en la sociedad arriba bosquejada. ¿Qué caso tiene seguir adelante con algún proyecto cuando comienzan las dificultades? Los obstáculos pueden parecernos a veces tan irreductibles, que la lucha pierde sentido; que los sueños se desinflan rápidamente porque una situación no placentera parece apagar la luz y acabar con la fiesta. Nuestras juventudes no están tan equipadas para lidiar con la frustración, con el dolor y la lucha que implica alcanzar algo en la vida, con las renuncias… ¡más bien es todo lo contrario! Una expectativa jamás satisfecha de comodidad y melcocha es irreal. Me temo que yo me formé en otro tiempo, bajo otra óptica, según la cual era posible seguir luchando aunque no todo estuviera “tal como me gusta”; es más, uno podía acomodarse más rápido a las nuevas circunstancias y “plantarle buena cara a los malos tiempos”. De vez en cuando era posible cambiar la realidad suficiente para estar más a gusto, pero no era una necesidad imperiosa.

¿Qué implica la fidelidad?

Durante una de nuestras clases sobre el sacramento del matrimonio, tratando hoy el tema de la fidelidad a través de una lectura bastante interesante, llegaba a estas conclusiones que hoy te comparto, querido lector:

  • La fidelidad es importante porque nos permite asumir lo definitivo como un compromiso que alimenta el amor a una persona cotidianamente. No es un mero conservadurismo.
  • La fidelidad requiere una apuesta, un riesgo: es la aventura más liminal de la libertad porque requiere caminar frente a las paradojas de la vida por algo que merece la pena.
  • La fidelidad debe luchar con la inconsistencia propia del ser humano, quien necesita hallar formas creativas de perseverar a través de los cambios, a la vez que evitar la seducción de las posibles novedades que lo atraen todo el tiempo.
  • Cuando la pareja no es capaz de encontrar caminos de encuentro y/o de renovar el propio lenguaje amoroso a través del desgaste del tiempo, del enamoramiento, la relación se hace fría y vacía, hasta perder significado y densidad, alejándose de lo que antes se ha dicho que es fidelidad.
  • Los conflictos asumidos tienen un carácter purificador: hay que llamar a las cosas por su nombre y encontrar en las sombras una nueva profundidad del cariño que antes sólo se sostenía en ilusiones. A pesar de las sombras, el todo merece la pena.

Pero, ¿cuál es el origen de la fidelidad para los cristianos?

Si bien la base antropológica parece incluso muy exigente para asumir un proyecto ante el desgaste del tiempo, en el ámbito cristiano podríamos mirar el asunto desde una óptica más. Sí, es verdad que el compromiso del “para siempre” parece apabullante. Al inicio del camino, uno podría creer que basta con el impulso inicial, con la energía de las primeras experiencias, para seguir adelante por circunstancias desconocidas. Yo creo que tendría que fundamentarse en algo más profundo, más poderoso, más personalmente ligado al corazón del ser humano para verdaderamente sostenernos durante las noches más lúgubres.

Me permito un símil que puede resultar ilustrativo: en el universo de Harry Potter, existe el llamado encantamiento Patronus. ¿Cuál es la fuente para convocar y sostenerlo? “El recuerdo más feliz que poseas”. Aquí, la intensidad del recuerdo y el grado de felicidad alcanzado importan. Hasta donde comprendo, se trata de proyectar esa energía vital desde el recuerdo hasta la manifestación visual de ella. Este encantamiento resulta bastante útil, según parece, para la defensa ante el ataque de seres oscuros, los Dementores. Ellos absorben toda vida alrededor de ellos para consumirla, dejando en su lugar tristeza y muerte.

¿Qué sucede entonces cuando nos llega la rutina y comienza a succionar el “jugo vital” de nuestra cotidianidad? ¿Pueden los meros recuerdos ayudarnos a seguir adelante, a defendernos? Tal parece que la mayor parte de los encantamientos tienen que ver con una experiencia feliz, una experiencia de encuentro. En una relación de pareja, el encuentro con el otro es constante y, sin embargo, inagotable porque cada persona es un misterio insondable en sí mismo. ¡Nunca terminaríamos de conocer al otro! El truco es que no siempre sucede así porque no siempre estamos dispuestos a mostrarnos abiertamente, a mostrarnos vulnerables. Nos domina el miedo y no alcanzamos esta llamada a “ser una sola carne”. Si así fuera, creo que tendríamos recuerdos cada vez más significativos, más intensos, más felices, quizás porque incluso provienen de haber asumido las propias fragilidades y las inconsistencias del otro. Son victorias pequeñas que nos animan en la lucha, que son escudo y fortaleza para los tiempos de prueba.

Y los cristianos, ¿a Quién llamamos nuestro escudo y fortaleza? ¿Quién nos ha acompañado a lo largo de los tiempos? ¿Dónde ponemos nuestra confianza? La fidelidad del Dios de la Alianza, del Padre de Jesucristo no tiene límites. Él nos amó primero y por eso podemos amar (1Jn 4, 19) Es el origen de todo y, por lo tanto, de nuestra fidelidad. ¿Cómo podríamos creer en la fidelidad en tiempos tan revueltos como los que vivimos? ¡Porque Él es fiel! Pero, ¿cómo sabemos de esa fidelidad? Por un lado, porque podemos leerla a través de la historia de la Salvación: no siempre fue fácil e Israel se rebelaba, se olvidaba, se alejaba de Dios, cuando cometía injusticias contra los más pequeños. ¡Dios no se dio por vencido! Es fiel con los que cumplen su Alianza (Dt 7,9) a la par que llama sin cesar a la conversión a los injustos (Jl 2, 13) Sabemos que existe un Plan aunque no siempre queda claro cuál es o cómo es. ¿no sucede así con el futuro que nos está velado? Pero ante la realidad cambiante, podemos creer en su estabilidad, que su corazón no muta (Is 40, 8; 46, 4) Esto nos puede generar esperanza suficiente para asumir un compromiso. Ya no se trata de cuánto “podemos aguantar” o “podemos ser creativos ante el futuro incierto”, porque nuestra fidelidad no está basada en nosotros mismos, sino en el amor de Quien no abandona a quienes confían en Él de todo corazón. (Sal 46,1; 121, 3; 145, 18) ¿Qué pasaría si fracasamos en nuestro intento? La fragilidad es una posibilidad real en los proyectos humanos, pero no tiene la última palabra. Los cristianos creemos en la posibilidad de comenzar de nuevo, en la posibilidad de acercarnos cada vez más y crecer en intimidad con el corazón de Dios, revelado en nuestros hermanos, para que alcancemos Salvación. La fragilidad puede ser asumida entonces como un espacio doloroso, sí, pero no condenatorio.

Termino con estas palabras del salmo 55:

Encomienda a Dios tus afanes,
que él te sustentará;
nunca permitirá que el justo caiga. (v.22)