Hoy me reuní con dos de mis amigos más queridos: Oscar y Betsabé. Nos conocimos allá por el año de 1998; a Oscar primero y gracias a los benditos Beatles, a Betsa después y porque llegó a nuestro salón. Ellos están ahora casados, después de algún tiempo de noviazgo (casi 5 años) y tienen una hija maravillosa llamada Sofía.

No es mi intención contar su historia. Mis principios no me lo permiten. Lo que puedo decir es que han sido una parte importante en mi vida, gracias a ellos he sentido la presencia de Dios en la amistad sincera, no niego que haya tenido sus bajones nuestra relación, por la distancia, por la apatía, por la falta de tiempo, por tantas cosas que a veces parecen sólo pretextos brumosos e inconsistentes. Sin embargo, no creo poder sacarlos de mi corazón, sencillamente porque no quiero.

Y al volver a caminar con ellos, gastando los zapatos por las calles de Oaxaca, se agolparon en mi cabeza recuerdos, ideas y alguna que otra sonrisa cruzó mi cara. Y entre recordar y saber de nuestros presentes se fue la tarde, sentados en La Alameda, comiendo un “raspas” muy bueno, vi que hay cosas que nunca cambian.

Sí, es cierto que ya no tenemos los recién cumplidos 18 llenos de hormonas y expectativas.

Sí, es cierto que desde el 14 de febrero ellos ya son casados

Sí, es cierto que la prepa se quedó atrás… bastante atrás

Sí, es cierto que ya son padres (¡valgame el cielo!)

Sí, es cierto que hemos ido y venido mucho, y que la vida nos ha dado reveses muy duros

Sí, es cierto que ya no somos los mismos

pero aún así…

hay cosas que nunca cambian.