Cuando era pequeño, me gustaba ver las fotos de mi familia. Eran imágenes de hacía mucho tiempo, de cuando yo todavía no nacía. Esas impresiones me ayudaron a formarme una historia anterior a mí. Así pude conocer a quienes vivieron antes que yo y construyeron la casa en que vivía, que formaron a los que llamaba padres. También pude saber que antes que yo, había un mundo que giraba y que crecía. Mis fotografías me hicieron conocerme de pequeño, saber que fui gordito y simpático, como todo niño de mi edad.
Después de saberme de memoria los álbumes y cada una de las historias que se contaban sobre cada fotografía, llenos de la nostalgia de tiempos pasados, aprendí que las imágenes nos pueden ayudar a contar historias, a formar mitos, a despertar imaginaciones. Los álbumes familiares me llevaron a una especia de bosque misterioso donde cada vez era mejor perderse que encontrarse.

Mi primera cámara vino después de ganar un concurso de conocimientos. Tenía que viajar a México, estaba a punto de comenzar a escribir mi propia historia, a forjar mi propio destino en una fragua desconocida y con herramientas que apenas había visto. Era una cámara Kodak 110, aquellas de rollos largos y delgados. Recuerdo que me robaron los rollos. -Ahora que lo pienso tal vez fue una broma de los compañeros de viaje, quienes al no obtener respuesta habrán tirado los rollos por ahí- y de las fotos de aquél viaje sólo se conservan unas pocas… En fin, eran mis pininos en aquella actividad fotográfica. (Inútil buscar obras maestras)

Al irme de viaje de estudios en secundaria, obtuve otra cámara. Esta vez era de 35mm Eso fue genial. Ya sabía acomodar los rollos, sabía sacarlos sin velarlos (cosa vital, si se piensa detenidamente) y otras cuantas curiosidades sobre esas camaritas. Aquella cámara era manual. De este viaje sí tengo algunas fotos más, aunque me temo que con tantas mudanzas se han ido extraviando entre el ajetreo y el descuido.

La preparatoria trajo más viajes, más experiencias. Familia Educadora en la Fe, el movimiento al que pertenecía, me hizo viajar a Morelia y el DF. El proceso vocacional también quedó registrado en parte por la cámara. Maconí, mi experiencia de misión, donde encontré muchas y variadas experiencias (incluída la futura Queratitis) Todo aquello lo puedo recordar mejor gracias a la cámara que me acompañaba y tomaba aquellos momentos, no su esencia, pero al menos un pálido reflejo de cuanto acontecía.

En Maconí, precisamente, un personaje estropeó mi cámara. De ahí que mis padres decidieran comprarme otra. ¡Esta vez fue automática! De ahí en adelante, una Vanta de 35mm automática con un muy potente flash y sistema anti-ojos rojos me acompañó a las aventuras. De hecho, lo hizo hasta que adquirí la última cámara, la que tengo ahora.

Al entrar en el seminario, me nombraron “Cronista Gráfico” de mi comunidad. El cargo implicaba ser el fotógrafo de los eventos importantes dentro de la vida de la pequeña comunidad. La fotografía me enseñó entonces a apreciar a quienes me rodeaban, pues tenía que estar atento para captar los mejores momentos. Al observar a mis hermanos, los fui conociendo un poco más. Claro, no era conciente de esto en ese momento. (tenía otras cosas en qué ocuparme) Después de un año, armé un crónica bastante informal, simple, un tanto cómico-satírica. A mis hermanos les gustó.

El año siguiente repetí en el cargo. El ecónomo me alucinaba porque era quien más rollos de película pedía. Cada mes gastaba dos, comparado con los cronistas anteriores que gastaban en promedio dos rollos al semestre. Mi crónica del noviciado terminó siendo de dos tomos. (De hecho me gustaría ir a Celaya para sacar algunos duplicados, pues lamentablemente no tengo los negativos conmigo) Y, tal vez adivinaron, el ecónomo tuvo que comprar los álbumes. ¡El pobre!

Volví a ser cronista en el juniorato, y habría sido feliz, de no ser por otras cosas que se atravesaron en el camino. Volví a Oaxaca con mi camarita, la dejé en un sitio seguro y me olvidé de ella por un rato, un largo rato. Quería romper con cuanto significara “seminario” y la cámara, como has visto, era una parte muy “seminarística”.

Fue hasta que volteé a ver el cielo del bendito y bienamado Querétaro una tarde plomiza que comprendí que necesitaba una forma de grabar aquello que mis ojos encontraban maravilloso. Sin embargo, yo quería avanzar un poco más. Ya había tenido desde una Kodak Star 110 hasta una Vanta 600 de 35mm. Era, pues, momento de ir por algo más. Pude haber buscado una gran cámara, algo como para dedicarme a la fotografía más seriamente, pero no era lo que quería. Yo simplemente deseaba una cámara digital.

Alguien me ganó y la obtuvo antes que yo; sin embargo, lo importante es que, después de trabajar en mis clases de español, conseguí una Kodak -otra vez- Eastman. Es la cámara que tengo conmigo ahora. La funda y la cámara las compré en una tienda de veracruzanos, Antonio es el dueño… El juego de baterías -con cargador- en el Club del Tío Gringo… Lo demás
ha sido un regalo desde entonces.

No sé exactamente cuántos disparos he hecho en mi vida, sé que cada uno ha querido captar algo importante -excepto cuando estaba dormido, o cuando probaba la cámara al poner un rollo- Sé que sin una cámara, a veces no habría sido el momento una experiencia completa. Sé que dentro de cada una de mis imágenes yace el deseo de mi corazón reflejado, por eso me gustan. Sé que a veces he llegado a captar algo que gusta a los demás, a veces mi mano tiembla y todo se va al … se vuelve borroso, digamos.

Entonces, ¿por qué dejé la cámara un rato? Pues porque mis fotografías revelan mi lado positivo y negativo, porque las fotografías hablan de lo que me habla en la calle, en la cotidianeidad. Cuando el mundo dejó de ser escuchado, visto; cuando ya no me importó si era día o noche, tarde o madrugada; cuando dejé que toda la depresión se cirniera sobre mi albo pecho; entonces la cámara supo que era tiempo de dormir.

Yo tenía que estar bien para seguir en mi diálogo con el mundo a través del lente. Así que no hubo fotos porque mi corazón no estaba listo. Es verdad que me perdí de ciertos hechos importantes en la vida de ciertas personas -tal vez hasta mío propios- pero de cualquier manera, me habría perdido igual las fotos. Y es que yo concibo a la fotografía como una expresión de la percepción individual del ser humano, cómo lo que mis ojos ven puede, por un pequeño instante, ser lo que tus ojos contemplen… luego viene la mente a buscar significados y la magia se rompe para crear otro hechizo: la interpretación. (que enriquece, por cierto)

El regreso de la cámara es en blanco y negro porque así debe ser. No hay color aún en mis sentidos, no el color que quiero impreso en tu pantalla, en la mía, en mis fotos. Espero por él, sé que llegará cuando el momento adecuado se aproxime. De esas cosas sabe más mi corazón que yo. Mis imágenes son sobrias, simples tal vez… pero estoy ahí, en cada una.

Otra forma de expresarme es a través de la fotografía. ¡Qué importa que alguien sí me comprenda!, después de todo, no es más que una interpretación, el verdadero núcleo de mi corazón está lejos de mi alcance todavía. Sólo Dios, que es luz y se queda guardado en un disparo. O al menos, nos engaña haciéndonoslo creer.

“Así con la cámara…”