La mañana era fresca y clara, el cielo apenas despuntaba los primeros resplandores de la aurora. Al alba, la mano de mi padre sacudía los vidrios de mi ventana: mi reloj despertador no sonó a la hora debida y me quedé dormido. Me levanté como bólido (en realidad adormilado) me vestí lo más rápido que pude, me peiné (lo intenté al menos) y salí corriendo hacia el periférico (a seis cuadras de la casa) para tomar un taxi. Por bondad de Dios pasó uno rápido y me llevó a casa de Ruth María (lindo nombre, ¿no?)

Después, nos dirigimos al Solar Infantil (colegio de hermanitas) para que nos llevaran al Solar Juvenil (el otro colegio de las mismas hermanitas) Durante el viaje, fue maravilloso ver como la luz recortaba los cerros en el cielo, no hay mejor pintor que el Creador, estoy convencido. La mañana seguía y dio paso a la luz, la claridad vio despuntar el sol mientras nosostros nos instalábamos en nuestros puestos “coriles”.

Gera sacaba el canto de salida (Al corazón de Jesús) y nosotros poníamos un esquema express. ¡Eso es efectividá! (ja, ja, ja) Y el aroma a colegio me llenaba los pulmones (bueno, las narices primero)

La misa, de lo más natural-normal del mundo. Una reseña del fundador de la congregación de las hermanas: Atenógenes Silva (es en serio, así se llamaba) y luego una chiki-homilía del padrecito. Para cuando acabó la misa, el sol ya tocaba el piso del patio central del colegio y era suficiente para calentarnos un poco, pues la mañana era más fría.

Nos llevaron a la cafetería, y aprendí una lección sobre mesura. Tomé unas galletas en ausencia de la hermana Margarita (la hermanita que nos llevó a tocar) y comí, Gera comió; pero las muchachas me dijeron que eso no debía hacerse, porque “a mí no me gustaría que alguien llegara a mi casa y agarrara mis cosas mientras no estoy. Además, no hay la suficiente confianza para hacerlo”. Es cierto que tenía hambre, y que no me puedo quedar sin comer si hay qué comer, pero también tienen razón las señoritas. (chángos)

Si bien la ida fue glamorosa, en una camioneta de monjitas; la venida fue más “común y mortal”, pues volvimos en un camión de la ruta Ayoquezco-Oaxaca que nos dejó en el centro de la ciudad y caminamos felices. Nos separamos en la alameda de León; Gera jalò para la central, Columba y Ruth para Las Casas, y yo para Av. Juárez a tomar mi ruta. (Erika había bajado antes)

Después, en casa, fue descanso y un poco de talacha. Cambiamos el altar del Niño Doctor, ahora está en el patio (mi padre y sus ideas) Conforme avanzó la tarde yo me sentí más cansado y preferí dormir un poco, oyendo a Polo Polo… (qué, todos tenemos derecho ¿no?)

En la noche vino Memo, quemamos un disco y se fue felizmente a su casa. Saldrá para los Chimalapas en la madrugada, va a trabajar 2 semanas en una instalación de radiocomunicación o algo así. El disco es para que no se aburra 🙂

Y este ha sido el día, al final, me quedo un con un buen sabor de boca otorgado, principalmente por el licor de cereza y el cigarrillo que fumo mientras escribo este texto. La música celta es genial para relajarte, lo digo porque escucho un poco mientras tecleo…

Por cierto, sí… ya sé que la canción de los Maestros es al revés (it’s been a hard day’s night) pero lo mío fue al revés