Este clima es especialmente apreciado por mí. Me gusta que esté nublado, aunque a veces eso interfiere con los planes que se hayan hecho (lavar la ropa, por ejemplo) De donde vengo, los cielos nublados eran bastante poco comunes fuera de la época de lluvias: el color gris era portador de agua por lo regular, y esto sucedía entre los meses de mayo y octubre. Eran tiempos alegres porque había clausuras, terminaba la escuela, llegaban las vacaciones, podía estar en casa todo el día, hacía frío y mi madre hacía chocolate.

Creo que en las últimas semanas he extrañado el chocolate de Miahuatlán, particularmente. En casa esta época era de tamales y chocolate, con pan de yema. En la esquina de mi casa había –hay todavía– una panadería, y a las cinco o seis de la tarde uno podía oler que ya estaba el pan. El pan de muerto es propio de la época de finales de octubre y la primera mitad de noviembre. Muy poco tiempo, lo cual lo hace aún más impresionante, más esperado y más disfrutado. Mañana nublada, olor a chocolate en la cocina, sabores que simplemente se quedan para siempre.

La fecha de día de muertos es especial en Oaxaca. No hay ni que decirlo, claro. Yo lo vivía con especial regocijo: todo era para esperar a quienes venían a visitarnos. No era posible verlos, pero el corazón nos aseguraba con enorme convicción que estaban presentes ahí, justo ahí, en medio de nosotros, rezando, saludando, degustando, compartiendo con los vivos unas horas. Me lo imaginaba como un pequeño recreo, como si ellos estuvieran todo el año en el salón, mirando por las ventanas, añorando… Luego, un día, la puerta se abriera y los dejara salir, quizás a fuerza de nuestros ruegos y de los preparativos ya hechos.

Incluso los vivos hacen siempre bromas y planes respecto a estas fechas. “Yo quiero encontrarme esto cuando venga”, “no te olvides de aquello, mira que me puedo enojar”. Como si quisiéramos reafirmar que la muerte no es un puente de un solo sentido después de todo. De niño aprendí que cuando el corazón se ha entregado, uno no deja a quienes ha querido. En cada paso, en cada flor, cada recuerdo, cada espacio compartido en el corazón de aquellos que ahora viven por nosotros.

Ahora, cuando hablamos de comunión de los santos, cuando las historias tienen que pasar por el crisol de la teología, de los estudios, de los sentidos nuevos, adquieren un peso importante. No se trata de negar aquello que creía cuando niño, aquellas experiencias que no pedían argumentos elaborados con palabras rimbombantes, ni gestos nuevos con parafernalia milenaria. La comunión de los santos acaba siendo el nuevo nombre para una categoría ya vivida en mi corazón desde niño. La fe adquiere nuevas honduras e ilumina posibilidades diferentes, claro.

Hoy puedo hacer las bromas que hacían “los grandes” cuando yo era niño. Hoy sé que no viviré para siempre y que mi tiempo aquí es cuestión breve. Hoy comprendo más los gestos, las lágrimas, las historias contadas con una sonrisa amarga dibujada en el rostro. Hoy puedo decir que ya he perdido y, por eso, puedo decir que espero. El sueño de quienes vienen y están, se hace también esperanza para mí: vendré y estaré.

Y, por supuesto, para mí sigue siendo la fiesta de la comida, de los olores en la cocina y el chocolate caliente con pan de muerto. Ya no estoy en Oaxaca. Este año no es un antojo, sino un verdadero deseo de encuentro con mi propia historia y, en ella, con quien soy y quienes son y fueron antes que yo. Por eso, supongo, quiero chocolate para estos días. La gran ventaja es que vivo en la Ciudad de México, en una colonia poblada por habitantes de muchas partes, entre ellas, de Oaxaca. Ya encontraré la forma de hacerme de una tacita caliente una mañana de éstas.

Imagen de una ofrenda de día de muertos en Oaxaca

Ofrenda de día de Muertos