Fue una experiencia digna de ser recordada, valorada y por la que debo agradecer profundamente. Ayer en la noche tuve mi primer encuentro cercano del tercer tipo con un ovni automático. Ja, ja.

Resulta que entre broma y broma, le dije a Oscar que, como él estaba ocupado con Mitzy, me llevaría su vehículo. Me senté en el asiento del conductor y estuve haciendo puras travesuras. Cuando salió, me dijo: “Pues ahora llévatela”. “Ah, no”, respondí, “aún no estoy listo”. Y era verdad, estaba temeroso de muchas cosas.

Cuando llegamos a mi fraccionamiento detuvo la camioneta. Sabía sus “negras” intenciones, pero hice lo posible por navegar con bandera de tonto. Al final no funcionó. Se soltó el cinturón y me dijo: “Ahora sí, de aquí a tu casa” (o algo así) Nos bajamos e intercambiamos lugares. Yo estaba muy nervioso. Me dio algunas instrucciones de último minuto que sinceramente no recuerdo bien. Demasiada adrenalina me embota el cerebro. Ja, ja, ja.

Me subí con más miedo que ganas, pero con una curiosidad que me quemaba. Lo había visto hacerlo tantas veces, parecía tan natural en él… pero yo, ¿podría? No me imaginé un mal escenario, de hecho mi cabeza estaba enfocada en sentir aquello, en dejar que la práctica fuera haciendo lo que sería de mí. Era muy emocionante.

Llegamos a la esquina de Av. Trinidad de las Huertas, muy lindo. Una vuelta de no sé cuantos grados, pero estoy seguro que no fue una vuelta sencilla… y yo: pues vas, m’ijo, que si no, no vas a aprender nunca. “Después de éste” (Era un Beetle negro, ¡gran augurio!) Entré, y tardé un poco en encontrar el fluir. Me sentía como Luke cuando empuñó la espada de luz por primera vez y se entrenaba con Obi Wan.

“Deja que fluya, solito, esto tiene un impulso” Las sabias explicaciones de Oscar que fueron de una ayuda enorme. De pronto, un exceso en mi pata y ¡fum! volante a derecha, a izquierda… Y por mi mente pasó mi mal manejo en los juegos de Gran Turismo que me echaba con Memo. Pero por fin había entendido que el carro se jala solo. Así que sólo era cosa de controlar mis pies, mis ojos, mis manos, mis nervios, mis esfínteres (puag!) Y todo al mismo tiempo. Lindo, ¿no?

Y así llegamos a la casa. Vi las chayas y sentí que Ulises veía ïtaca. Pero ahí no había terminado la travesía. No iba a dejar la camioneta ahí, ¿verdad? Y la experiencia de estacionarse… bueno, no lo hice “tan pior”. Tuve mis problemas al calcular el espacio, al entender como funcionaba la reversa. Pero después de una breve y magistral explicación, pude dejar el lindo mueblecito en su lugar. Bueno, casi, porque comprenderás que terminé a medio metro de la banqueta. Ja, ja, ja.

Ha sido la primera vez que estoy con un volante en las manitas. Automático y todo, la experiencia me parecio fenomenal. Y lo que me preocupa es que es adictivo. Lo supe cuando sentí el vehículo bajo mi pie derecho… un influjo poderoso ante el que mis sentidos alerta deben estar; o controlando mis acciones terminará.

Un agradecimiento especial a Oscar, por la experiencia, la paciencia y la amistad.

PS También Oscar iba alerta, porque según él me iba a grabar… y se le olvidó. Jojojo.