Cada vez más cercana la hora, veo como el espacio que habitaré toma forma. Atestiguar palmo a palmo cómo se fue erigiendo y como, a su vez, mi corazón se tiñó con un asombro y una alegría tan grande como el crecimiento, muro a muro, de un rincón que podrá ofrecerme aquello que ya había perdido. Pensé que los acabados podrían tomar mucho más tiempo, pero todo ha devenido con cierta soltura, una que no imaginé, y en verdad espero mudarme en la primera semana de julio. 
Es curioso. Conforme pasa el tiempo, más me convenzo de que a más seguridades, más inseguro se vuelve el poseedor. Uno intenta aferrarse a aquello que ha construido con su esfuerzo, que le ha puesto dedicación. Entonces, entre más se tiene, más se protege. En casa tenemos algunas cosas que hemos comprado entre mi madre y yo. Sin embargo, me atrevo a decir que hasta ahora estoy sabiendo “lo que cuestan las cosas.” Espero que este espacio no acabe siendo una prisión escarlata, sino más bien el espacio personal, creativo, de remanso después de una tormenta que ha tomado un año.
Del futuro, no estoy seguro. Las cosas con LaSalle se cayeron, pero tengo trabajo por el verano. Espero que me den oportunidad de trabajar las siete horas; pero entre más lo pienso, más me doy cuenta de que tal vez sea mejor dedicarme al TOEFL con tres horas diarias, tener mis mañanas libres y hacer los ajustes necesarios en mi habitación. Ya se verá. Como mi padre siempre decía: “Dios proveerá.”
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La entrada del verano me sorprendió tumbado en una cama, haciendo cuentas, cavilando, planeando, maquinando… Espero que esta estación sea propicia para los pensamientos cuajados en realidades largamente añoradas.