Árboles altos, pasto crecido y fresco. El rocío de la mañana saludaba con su fresco toque. Arriba, las nubes tomaban los mayores colores que podían del sol que anunciaba su arribo inminente. Abajo, nos disponíamos a recorrer este sitio.

El frescor aroma que hacía más intenso el verde. El sonido acompasado de los guijarros contra la tierra, frotados a nuestro paso. Sí, definitivamente fue bueno. Hoy en la mañana salí a hacer un poquito de ejercicio con Carolina, Viviana, Diego, Gera y Kike. El cerro del fortín nos sirvió de marco para nuestra aventura. De hecho, ellos ya llevan una semana yendo. No había podido ir, primero por flojera y luego por falta de tiempo. Los martes entro a la escuela a las 11, así que me dije: “vamos a intentarlo”.

Croe que entro en una etapa especialmente extraña. No extraño como malo, sino como novedoso. Muchas cosas me parecen nuevas, renovadas. Hoy, por ejemplo, para quienes me conocen resulta complicado imaginarme corriendo en un cerro, o haciendo abdominales. Sin embargo, había que intentarlo. Si he de ser sincero: me gustó. por dos motivos.

En primero lugar, como ya lo dije, está la novedad. Soy una persona inquieta a quien lo novedoso causa un impacto especial. No voy a exagerar diciendo que no había hecho ejercicio en mi vida, pero salir con amigos, correr y eso… la verdad es que me toma por sorpresa. Tal vez por lo mismo hoy estuve un poco retraído. Cuando una situación es nueva para mí, regularmente me mantengo a la expectativa. Empero, debo decir que esto me gustó. (así a secas… tampoco esperen una explosión de entusiasmo)

Y luego, aunque no pensé en ello mientras iba por Carolina, un tumulto de memorias vinieron a mí. Cuando estuve en el seminario, en Celaya concretamente, mi vida dio un giro importante. Uno de esos aspectos que se reformaron fue el físico. Todos los días teníamos una hora de deporte. No digo que éramos los non plus ultra pues mentiría; pero sí llegué a tener una condición más o menos buena. La subida a la Malinche en el Noviciado. Las idas a Tlaxco y los campamentos que llegamos a tener ahí, como novicios primero y con Getsemaní después. Mis hermanos de aventura que se quedaron en el camino.

Yo volví a casa lleno de todas esas cosas. Me he puesto a pensar que debería actualizar mucho de lo que aprendí allá. No soy un seminarista, ni lo pienso ser en el futuro. Soy feliz con la vida que llevo aquí y me llena el Señor presente en mi mundo. Mas si quiero hacer las cosas como se deben, tengo que poner diciplina en mi actuar.

Redimensionando la experiencia del ejercicio, adjuntándola a la vida de oración que debe ser crucial, viviendo y buscando esa plenitud es que llegué a elaborar un mapa mental feliz. Levantándome temprano, ejercicio, oración, escuela. Algunas tardes (pues hay otras ocupaciones a veces) iré a un gimnasio que mi hermano Oscar me mostrará, oración. Mis Laudes y Vísperas, quiero que vuelva ese ritmo de oración que marca la vida cotidiana.

No es fácil para un laico organizarse así. Muchas veces nuestra vida y sus circunstancias nos devoran (o nos dejamos devorar) Pero vale la pena intentarlo. Por lo pronto, me duele un poquito el abdomen mientras escribo, mis piernas no protestaron mucho, aunque claro que sintieron el cambio. Espero que sea un cambio para bien.

A fin de cuentas. Hay amores que revolucionan nuestras vidas… ¿no es así?