Hablando de días felices, cuando pienso en uno brillante, me remite sin duda a momentos en los que el tiempo se torna “viscoso”, como si de pronto todo fuera más intenso, más vívido. Cuando pienso en días buenos, viene a mi mente el color azul y el olor a tierra húmeda, o a libros nuevos; el sonido de risas frescas, y la sensación del rocío en mi rostro. Los días felices saben a café recién hecho, humeante, dulce-amargo, de esos que consiguen que degustes la vida en cada sorbo. Un día feliz tiene música, por supuesto; pero ésta cambia dependiendo del momento de mi vida, de las circunstancias; pero hay algo que no falla: la música está en perfecta consonancia con aquello que hago/siento/pienso.

Mientras escucho el teclado responder a mis dedos, con su típico sonido rítmico, tamborileo creativo que danza por la noche, pienso en el día de hoy y doy gracias por tantos dones recibidos. Hay eventos que hoy me han llenado el corazón de alegría: sin embargo, lo que más animó mi corazón fue la serena certeza de saberme acompañado en el camino, una feliz verdad que me saltó de pronto, en el camino, sin que yo la buscara, sin que una preocupación tuviera la necesidad de ser tranquilizada, o que una nube del corazón pusiera en guardia todo mi “sistema argumentativo”. ¡Esta certeza está simplemente ahí, con esa misma presencia por testigo de que lo dicho por ella es verdadero, es eterno, es amorosamente cierto: Dios me acompaña por el camino.

Por la mañana, el profesor de Sagrada Escritura nos hacía ver que nuestro trabajo en la materia ha mejorado de manera considerable. Eso me puso contento. Al final de cuentas, creo que todo cuanto realizamos en la escuela puede significar una mejor preparación para los retos que nos aguardan. Hoy todo es un feliz ensayo, mientras la vida nos depara sus más duras cartas más adelante. Nos formamos porque nuestra vida está empeñada en un servicio que nos rebasa, en medio de circunstancias cada vez más complejas. Cuando el profesor nos decía que vamos mejorando, la esperanza no es sólo de un grupo de alumnos, que buscan un resultado positivo en el ámbito académico, sino que pertenece –esa esperanza– a una verdadera comunidad.

Este mismo compromiso, vivido en la alegría de un compartir sencillo, de un hacer-alto y mirar juntos una película, también lo viví en la tarde. Volver a ver Harry Potter con quienes sé que les cuesta, que no es “su tipo” de película quizás, pero que se toman el tiempo de “entrar al juego” e incluso hacen alguna broma, o comentario, respecto a lo que vemos, me recuerda que son los actos sencillos donde el Señor se manifiesta con más brillo. Una vida que está entregada a un servicio que nos rebasa y cuyo desgaste se comparte, comenzando por la pequeña pausa, pasando por la preocupación constante y llegando incluso a la promesa del “mismo corazón y el mismo espíritu” que tanto anhelamos. Porque en última instancia, creo que la comunidad es una muy compleja  y misteriosa aleación de regalo amoroso del Padre, a través de Jesucristo, en el Espíritu Santo; y de una trama tejida de lugares y momentos que los religiosos decidimos vivir.

Estos pensamientos, mientras Secret Garden susurra palabras lindas a mi oído, van aterrizando la alegría de mi corazón y me llevan a una pequeña alabanza nocturna al buen Dios. Él que me ama, que ha llamado mi corazón a la Vida, que pone los medios necesarios para que el camino estrecho satisfaga mis búsquedas, aunque la mayoría de las veces quede perplejo ante “sus caminos”. Él, que ha acompañado cada paso de mi ser y vivir. Él es el sentido más profundo de mi existencia, arrojada como asíntota en pos de la Bendita Semejanza. Él me toma en sus manos y camina conmigo, mientras reímos juntos bajo la tormenta. ¡Bendito sea su Santo Nombre!

Te imaginarás, pues, querido lector, que este día ha sido feliz.