O de como un cambio sutil en la metodología de estudio y escritura hizo todo más ameno

Esta vez no quiero desvelos. Comencé desde hace una semana mi lectura, haciendo notas directas, preparando el esquema según lo que el mismo Kant iba señalando. Sigo sus pasos sistemáticos y me encuentro tanta similitud; admiro su prolijo entendimiento, aunque no comparta del todo su posición. Supongo que estamos en distintos puntos de partida, que el foco desde el que miramos lo que nos rodea ha cambiado: la misma vida ha dado la vuelta.

¿Qué sería de la vida desde la pura racionalidad? ¡Ah, trampa cuyo cebo es la misma mente! Pero eso es materia de otro momento y ahora debo seguir leyendo. Termino de leer y elaboro el esquema. Lo cotejo con la asesora, quien para este punto ya sabe de lo que soy capaz, sonríe, asiente con la cabeza y da lo que parece una bendición episcopal –sólo que en términos filosóficos y meramente académicos– que sabe a gloria.

Esta vez no quiero desvelos. Llego a casa y expando el esquema, preparo las citas que incluiré –aunque no tenga más que una versión electrónica del texto a consultar– y voy construyendo el argumento en mi mente de Tyndall. De tantas arborescencias tengo que esforzarme y cerrar el esquema. ¡Bam! Listo. A dormir.

Siguiente día: tengo todo el tiempo para dedicarlo a este proyecto. Es jueves y mañana quiero entregar la tercera materia. Esta vez no quiero desvelos. Escribo una página o dos, descanso; otras actividades me ocupan mientras en mi mente sigo repasando el esquema y sus posibilidades. Por la tarde me siento en otro lado: ¡hacía mucho que no trabajaba en la biblioteca para no distraerme! ¡Funciona!

Esta vez no quiero desvelos. Café. ¡Hacía mucho que no me tomaba un café en la biblioteca, con un libro al lado, acompasando el golpeteo de los dedos en el teclado con la música que suavemente me acompaña! Las ideas fluyen según el esquema, tal vez haya que hacer algunos ajustes. Se hacen y continúo. Siguiente actividad.

Vuelvo a la biblioteca por la noche después de cenar. Faltan solamente dos puntos del esquema. Cargado con café, me dedico a ir terminando. Hubo que releer lo que ya había escrito para retomar el hilo del discurso. Todo está bien.

Antes de la medianoche sólo me falta escribir la conclusión. Levanto la vista y decido distraerme un par de minutos antes de seguir adelante. Estiro las piernas, recargo la taza de café –o termo, más bien– recojo los libros que están desperdigados por la mesa, las notas del esquema y algún otro material que haya ocupado. Esta vez no quiero desvelos. Me siento de nuevo, por última vez, para escribir la conclusión de la materia.

A la una de la mañana estoy apagando la computadora y me siento contento y satisfecho. He logrado mi propósito, dormiré más de tres horas, mañana puedo imprimir esto, no hay prisa. El gozo del deber cumplido, muy ad hoc con mi autor. Esta vez, esta vez no quise desvelos.

La tercera materia es, en muchos ángulos, una conclusión del proceso de descubrimiento del autor. En un mundo ideal, es el tema al que la reflexión que nos hemos planteado nos conduce. En mi caso, desde un hombre creyente que basaba su fe en la razón poderosa que había descubierto en el último trecho de su vida, miro a Kant tratar de explicar lo que él vivía, más que una teoría vacía llena de conceptos arbitrarios. Esta necesidad de incluir a Dios más que una debilidad –como lo vería Hegel– es, creo, muy consecuente con quien, desde el principio de su sistema, quiso conciliar en cuanto fue posible aquello que se decía aquí y allá sobre la realidad, sobre las posibilidades del hombre, sobre la vida misma. Así, halló un Dios que satisface la necesidad racional del hombre, que no tiene valor en sí mismo, sino desde la construcción subjetiva.

Consumata est. [casi]