Siempre he sostenido que mi ciudad es hermosa y segura. Recuerdo que en los días aciagos en que necesitaba dejar que mi cabeza se vaciara, para poder reacomodarla otra vez, salía a caminar mi ciudad y era una experiencia en verdad relajante. Oaxaca está hecha para caminarse, no sé qué tanto empeño en tener más y más automotores en este lugar. Ya fuera de día, noche o madrugada, mi terruño siempre me pareció tan inofensivo como una apacible chiquilla.

Hoy la chiquilla me hizo un pequeño berrinchito. Resulta que esta noche me llamaron de una agencia funeraria para solicitar mis servicios como rezador. (No viene al caso contar cómo llegué ahí, pero si Leono masajea, yo puedo rezar, ¿no?) El caso es que salí de casa a las 11 de la noche, esperando lo mejor. Tomé un taxi y llegué al lugar indicado. El administrador me llevó hasta la sala, me presentó con los dolientes -uno, que se ve que es el organizador- y acordamos cuanto debía ser acordado.

Después de rezar un pequeño rosario por el alma del hermanito, salí de la funeraria dando las buenas noches al administrador que tan gentilmente me había considerado para la piadosa tarea. Y enfilé hacia mi casa, como cualquier noche oaxaqueña, con alguno que otro noctámbulo despistado, igual que yo.

El clima estaba fresco y agradable. Ha estado haciendo mucho calor, y quería relajarme un poquito, así que me decidí por caminar hasta mi casa. Anduve toda Av. Independencia hasta la esquina con J. González Ortega. Di vuelta y seguí derecho, esperando alcanzar el Periférico antes de las 12:50, para poder reportarme a casa a la una de la mañana.

Iba entre Arteaga y La Noria, cuando sorpresivamente una pareja de individuos vino hacia mí en una bicicleta. Uno iba montado en los diablos, se bajó rápidamente y no sé bien qué dijo; sus intenciones eran despojarme de todo cuanto traía para apropiárselo, lo supuse cuando sentí un jalón que arrancó un tirante de mi guitarra. Yo, que no estaba dispuesto a que tomaran a mi señora armoniosa, abracé lo que pude de la guitarra. Entonces el muchachito, desesperado, se acercó y me intentó amedrentar gritando no sé qué cosas y pegandome -con su espinilla- en mis espinillas.

Estaba muy nervioso -tal vez nada había caído esta noche, o era su entrenamiento- y sinceramente no me quise arriesgar a cuanto pudiese hacer un hombre -o remedo de hombre- desesperado. Le dije, bien; te daré lo que traigo. Agarra los libros. No, dijo exasperado, yo no quiero libros, yo quiero pa’l chesco. -ha hecho calor, ¿ven?- Pues es que el dinero lo traigo en los libros. Suelta la guitarra para que yo pueda sacar el dinero. Entonces intervino su compinche, el que conducía la bici -más experimentado, supongo, porque supo reconocer que había llegado a una decisión- y le dijo que soltara la guitarra. Abrí el libro y ¡zaz! No apareció el dinero. Se enojó más nuestro compinche nervioso. Luego de otra breve hojeada, !paf! Ahí está, le dije, y es todo lo que traigo. No te hagas, yo no quiero nomás eso, me contestó el mozalbete mientras agarraba ansioso uno de los dos billetes de cincuenta pesos que estaban entre las páginas del libro. -Sí, uno, yo creo que quería que el otro compinche tomara su parte del maravilloso botín, no lo sé- Pues es todo lo que traigo, insistí, viendo irremisiblemente -casi en tono de despedida- al rostro de Morelos mientras salía de mi libro a las grasientas y temblorosas manos del chico.

No sé qué se fue discutiendo el dúo dinámico. Lo importante es que me dejaron con mi guitarra y mi caminata nocturna en paz. Pudo haber sido peor, llevaba morralla, el celular, la guitarra en sí, que también pudieron haber tomado. Pero, como ya lo dije antes, parecían unos aprendices. No quería líos, así que lo que me pagaron esta noche se convirtió en el “chesco” de esta pareja que, de no ser por su complexión, me habrían recordado a dos personajes de Chespirito, colegas suyos.

Mis padres, huelga decirlo, no se enteraron. Y mañana volveré a la agencia funeraria para los tres rezos que me faltan. Sólo que mañana sí volvere en taxi, para llegar más rápido a casa y dormir más, ya que el lunes tengo examen de inglés.

Y si piensan que por esta experiencia cercana del tercer tipo ha cambiado mi parecer sobre mi terruño querido, se equivocan. Oaxaca es lindo, amable y seguro. Una vez nada más no hará cambiar más de 7 años de experiencias buenas. Aunque, claro, soy consciente de que, poco a poco, vamos produciendo y -lamentablemente- importando algunos de estos bandidos de río Frío sin la gracia ni la astucia que Manuel Payno le dio a los suyos.

Buenas noches.