Todo lo que atribuyo a la palabra lo aprendí de él.

Cada noche, al final de la jornada, la mesa de la cocina era el punto de reunión de mi pequeña familia. Parte del rito era el contarnos lo hecho o dicho en el día. La palabra era sustento y movimiento de todo aquel compartir. La mayor parte del tiempo, eran mis padres quienes más hablaban –pues habían hecho más– y yo escuchaba, a veces opinaba. Mi voz era parte de aquellas noches de café y pan; y sentía que contaba, que era importante que yo dijera algo. Mi palabra se unía a la de mis padres y resonaba con ecos de la palabra de quienes nos habían precedido y enseñado. Cuando opinaba sobre algún tema, aunque con ideas infantiles y marcadas por las lecturas que hacía, mi padre escuchaba y respondía a mis preguntas con mucha paciencia.

En aquellas noches, a veces era yo quien llegaba con alguna pregunta. Recuerdo que en alguna ocasión pregunté si Dios castigaba. Tendría unos cinco o seis años, y la idea de un Dios severo que pusiera en su lugar a los malos era parte de mi imaginario, pero luego se me ocurrió que, si alguno de los que yo quería hiciera algo malo, no me gustaría verlo castigado por Dios. Entonces, ¿Dios castigaba? La respuesta de mi padre fue categórica –y muy consoladora– «Dios ama», me dijo, «porque no tiene más que hacer. A veces no le gusta lo que hacemos, pero nos da libertad».

Otras veces, tenía en mi mente alguna cosa que había leído, algún descubrimiento. «Papi», le dije una vez, «¿sabía que en Argentina le dicen ‘palta’ al aguacate? Que raro, ¿no?» A lo que me contestó: «Me imagino que ‘aguacate’ le sonará muy raro a un niño argentino también. ¿No crees?» «Sí. Lo leí en el quillet (un libro que me entretenía mucho en mis mañanas sin clases) pero no decía mucho sobre los niños argentinos…» «Mmm…. y ¿qué más leíste hoy?…» ¡Ése hombre estimulaba mi curiosidad de una manera bárbara!

Y así, las noches estaban hechas para hablar. Lo que pasaba en el mundo, lo que nos afectaba, las novedades del trabajo de mis padres –ambos eran profesores de primaria– o simplemente contarnos anécdotas para reír un rato, o reflexionar sobre su enseñanza. Todo con café y pan. Esas noches me llevaron a creer en la Palabra: que une, que gratifica y enseña, que comparte el mundo que traemos dentro y que deja que los sueños se vayan formando en una realidad compartida: el diálogo. De ahí a creer que la Palabra puede salvar por Amor, no hay mucho trecho. Esas noches también cimentaron mi fe.

Y todo esto, querido lector, a la luz de las fechas que vivimos hoy. Mi padre llegó a la Casa del Padre en 2007 y nos dejó algo más que ausencia y recuerdos. Su legado para mí es esta Palabra en la que creo y a la que sigo con todo el corazón. 

La palabra es tan libre que da pánico,
divulga los secretos sin aviso
e inventa la oración de los ateos

Mario Benedetti

Y tú, ¿con quién has conversado últimamente?