En cuanto a convivencias vocacionales uno podría pensar que no hay hilos negros que descubrir. Simplemente se trata de mostrar la forma de vida de quien hace la promoción, plantear preguntas existenciales o darle seguimiento a las que ya se han hecho los participantes, invitarles a que se animen a seguir a Cristo en nuestro modo de vida específico. Inmersos en este mundo regido por la axiología del mercado, hay quien pueda ver una convivencia vocacional como un elaborado montaje de publicidad.
Hacernos profesionales de la fe, o convertirnos en participantes de una línea de producción que fabrica cristianos a medida es un gran riesgo, una tentación que amenaza con quitarnos la esperanza en Dios, que es quien llama. Podemos hacer todo lo que esté en nuestras manos para organizar, animar y hasta revitalizar la pastoral vocacional, pero en última instancia sólo Dios sabe dónde y cuándo. A pesar de nuestra deficiencia, el Señor sigue llamando; Él es el único capaz de transformar el agua en vino.
Nuestra es la responsabilidad de llenar las tinajas de agua, pero ¡el vino no depende de que haya agua, sino de que Cristo esté presente en la boda!
Entonces, ¿qué papel juegan las convivencias vocacionales en toda esta dinámica? El evangelio de San Juan nos da cierta pauta: “Vengan y lo verán” es la respuesta de Jesús a los discípulos de la primera hora. Los mira cargados de dudas, de curiosidad, de esperanza, siguiéndolo a ciegas. Tan perdidos, que su primera pregunta es “¿dónde?” Buscaban rumbo y Jesús hace su invitación: “Vengan y lo verán”. No les pide quedarse, no les pide seguirlo hasta el fin, no les pide nada más que su voluntad de ir y ver, de atestiguar y descubrir Quién es Él y, gracias a eso, descubrir quiénes son ellos mismos. Les da un rumbo y les pone la invitación en la mesa.
Así, nosotros vemos en los ojos de algunos una chispa que, de algún modo, nos recuerda aquella chispa que se encendió alguna vez, en otro tiempo, y que se transformó en el incendio que somos ahora. Nos preguntamos, ¿será que éste..? Y le invitamos. Desde la experiencia personal de encuentro con Jesucristo, que sostiene y le da sentido a nuestra existencia, queremos compartir lo que somos y hacemos con aquellos que no se conforman con lo que el mundo les predica. De ahí nace la convivencia vocacional: “¡Vengan y vean!”
Con nuestra imperfección sin fingimiento nos mostramos de lleno a quien quiera mirarnos. Compartimos la mesa, la misa y la musa. El alimento que nos llena y nos recrea, la conversación deseosa de comunicar la experiencia de vida que nos ha construido hasta hoy. La oración que nos nutre y que se colma de esperanza cuando nos acompañan odres nuevos que abren el corazón para recibir el vino nuevo del Evangelio, siempre personal, siempre novedoso, siempre poderoso y transformador. Nos hacemos una sola familia, ¡incluso nos miramos a nosotros mismos con ojos nuevos, a través de su mirada! Ahí se renueva la inspiración, se recuerda con cariño el primer amor, el primer contacto que nos cambió la vida para siempre, que la definió y le dio el sentido pleno que apenas atisbamos en nuestro caminar.
Esto es lo que me pasó a mí en la última convivencia vocacional. Más allá de las pequeñas cosas, del cansancio, de los rostros nuevos y conocidos, del compromiso para que todo estuviera a punto para nuestros invitados… mi corazón volvió a recordar sus primeros amores, las primeras dudas, la certeza con la que volvía a Oaxaca, sabiendo que dentro de mi corazón había una semilla que tarde o temprano se convertiría en un arbusto para que los pájaros hicieran su nido.
Con mis puntos de quiebra en la historia que he construido hasta hoy, me miro y me percibo profundamente agradecido con el Señor que me puso delante de todo cuanto he vivido, que permitió cada pequeño detalle, que con ellos me enseñó y me sigue retando a ser mejor… En las sonrisas, las preguntas, las miradas curiosas y las diferentes participaciones de estos muchachos, me descubro inquieto, enamorado, ¡vivo!
Con que esto son las convivencias vocacionales: espacios donde la fe se renueva, la esperanza se recrea y la caridad se hincha porque Dios nos conduce de nuevo al desierto, nos pone la piel de gallina y nos dice: “Yo te he llamado por tu nombre. No temas.” La convivencia es, en fin, una retroalimentación, el compartir de la vida misma, una vida con sentido único y trascendente que no tiene precio, que no puede ser un producto del mercado que se anuncia con parafernalia.
La vida anclada en la experiencia personal cotidiana de encuentro con el Señor se comparte generosamente para volver a nosotros renovada, enriquecida, bendecida. Nada ni nadie me puede comprar eso. Mi alegría no se vende, ni se promociona: ¡mi alegría se contagia!
El inicio es muy real y certero respecto a quienes convivimos con esos «profesionales en la fe», Sin embargo Dios me encuentra ahí y me ha llamado a una tarea que desconozco casi del todo. Sin embargo me encuentro confiado y seguro de que logrará el Señor en mi; lo que mis sueños me han adelantado, con quien me espera sin haberme conocido aún y lo que más adelante Él decida. En cada momento que compartimos y cada martillazo desde mi trinchera, te abrazo y te pienso hermano. Hoy por hoy, ¡deseo irme a nuevas experiencias!