Y OTRAS HISTORIAS

Me miro al espejo. Han pasado ocho años. Eso lo sabemos yo, mis ojos y mis manos. Parpadeo y me echo un poco de agua en la cara. Son las cinco veinte de la mañana y recuerdo de pronto: hoy es dos. Vuelvo la vista al espejo y me pregunto ¿Qué pasará hoy? Porque, como decimos en mi tierra, el horno no está para bollos. Con el clima de protesta y crítica al sistema establecido, uno esperaría que la marcha de hoy sea diferente. Los cambios al reglamento del IPN han hecho patente la intención del sistema respecto a la educación: quieren preparar obreros, tal como se hacía en el s. XIX en los primeros estados industrializados. Lo único importante era amaestrar una serie de individuos, sin considerarlos personas. Lo único que espera el sistema de nosotros es que seamos capaces de mover tuercas y apretar algunos tornillos. Todos vueltos lo mismo. 

Es inevitable recordar ahora. Hace ocho años: sí. Los eventos del dos mil seis dejaron una honda impronta en mi corazón. Más allá de la asistencia a alguna marcha, o la expresión de mis pensamientos y esperanzas en este mismo espacio –cuando nos hospedábamos en blogger– Lo que vi, lo que sentí y la experiencia vital me dejó con un estremecimiento interior. Al punto que, cuando escucho un helicóptero volar bajo aún siento un ligero escalofrío en mi espalda. Que pensar en la forma en que el gobierno «recuperó» los lugares donde a lo largo de meses se manifestó el encono social, la desesperación, la búsqueda de una realidad diferente y las ganas de empoderar de nuevo a la masa, todavía me revuelve la entraña. Hace ocho años y aún miramos un panorama muy alentador.

Sin embargo, hay un hilo de esperanza que no se ha deteriorado tanto como para anular la respuesta de algunos que todavía quieren que las cosas sean diferentes y son capaces, desde sus trincheras, de hacer algo al respecto. Jóvenes que no están dispuestos a dejar que su educación se deteriore, se diluya en favor de los objetivos de un sistema anónimo que nos presiona cada vez más. No es fácil. El mismo sistema utilizará todos sus medios para desprestigiar lo que se hace, para ocultar, o contar otra versión de la realidad. Luego, si eso no funciona, sabemos que es capaz de levantar la mano contra quien incomoda sus intereses.

Eso me lleva a pensar en el movimiento del 68. El sistema se vio por primera vez amenazado por aquellos muchachos de pantalones justos y cabellos largos, con ideales fuertes y convicciones que daban sentido a sus existencias. Había que cambiar. La primavera europea los inspiraba, la ideología de banderas rojas les ofrecía –por primera vez– una alternativa. Las discusiones, las declaraciones, las protestas… todo apuntaba a la aspiración existencial. No solamente se manifestaban «contra» algo: ellos manifestaban quiénes eran y en quiénes soñaban convertirse. Cualquier torpe podría decir que después de la represión del gobierno ese año y tres años después con el Halconazo. toda posibilidad fue abatida y el sistema triunfó contra las protestas. Mirando con más agudeza se sigue un hilo de esperanza, una inconformidad que ha sido una pequeña voz que sigue gritando en el desierto.

«México no aguanta otro ’68», nos decía una profesora esta semana. Ya no es el año 1968. Ya no es el 1999. Ya no es el 2006. Hoy es el 2014. No son los mismo muchachos. Es la misma esperanza, la misma fuerza vital que busca ganar terreno en un sistema que premia la muerte, que infunde el miedo, que transmite desconfianza y nos educa para la violencia. Es la fuerza vital que establece lazos estrechos, indisolubles: que nos acerca al otro y nos descubre –a veces con mucho asombro– un reflejo de nosotros mismos en el otro, un atisbo de nuestra alma situado en quien nos mira de frente. Ahí está la esperanza, ahí está la acción más subversiva: en el reconocimiento del otro como persona, con una dignidad propia y una existencia propia, sagrada, insustituible. Porque para un sistema que espera convertirnos en lobos para sacar provecho, reconocernos hijos de un mismo Padre, miembros de una misma familia, hermanos y hermanas es extremadamente peligroso.

Hoy más que nunca es indispensable ser subversivos y peligrosos.