No sé qué traerá este año, pero puedo esperar porque en ello comienzo a cambiar lo que sucede a mi alrededor. He ido descubriendo que el estado de nuestra esperanza determina en mucho el resultado de nuestras acciones. Creo que se trata de la gran influencia que puede tener nuestro estado anímico sobre lo que hacemos, pero también sé que va más allá. Cuando una persona está convencida de algo y lo vive con pasión y alegría, incluso en medio de la prueba o el triunfo puede mantener la calma. Quizá deba aclarar que «calma» se refiere más al denuedo que a la ataraxia.

Éste es el gran reto que representa para mí este año. He ido comprendiendo que en esta vida no se trata de arder todo el tiempo con la intensidad de la llamarada, sino de saber irradiar un fuego continuo desde nuestras propias vidas, con el tesón y la humildad del fogón. «Arrojarle leña» es la encomienda para este año: dejarme mirar por un Dios compasivo y misericordioso, cuya mirada sigue siendo un enigma en medio de este vasto silencio que pronuncia su nombre –y el mío– con infinito amor. Puede que haya muchas cosas por hacer este año, pero nada más importante que seguir frente a él y dejarme mirar. Debo decir que no es fácil porque lo más cómodo es conformarme con mi propia mirada, o interpretar a Dios a esa medida, como si él tuviera que amoldarse a lo que puedo pensar, sentir, experimentar. Ante esa limitación fundamental, el silencio sigue siendo el lugar privilegiado para el encuentro. En esos encuentros no entiendo nada, no escucho nada, no hablo… pienso muchas cosas, siento muchas cosas, pero sé que todo eso es un tenue reflejo de la mirada de Dios sobre mí –un reflejo que a veces la distorsiona. Seguir en medio del silencio, con la incomodidad que significa, es el gran reto del 2016.

En cuanto a todo lo demás que voy haciendo, ya iré comentando aquí qué es lo que pasa, tanto fuera como dentro. Dios proveerá.