Hace un año nos quedamos frente a frente, en un café, en silencio. Al escuchar su silencio y percibir en él una callada compañía, fui creciendo en la amistad con él. Todo es Gracia: su presencia es Gracia, al igual que su Palabra y las mediaciones que usa para hacerse presente. Ser amigo de Dios es embarcarse en un viaje que deviene de sorpresa en sorpresa porque ni él se deja atrapar «a mis antojos», ni yo soy violentado en mis respuestas. En el silencio, al mirarlo a los ojos, con esa mirada suya, tan profunda y misteriosa, aprendo a creer más, a esperar con más confianza y a arder más en un amor que aunque consume no se cansa, sino que brinda alegría y paz. Todo esto lo vivo hoy porque vivo el silencio…
Así tiene combustible mi servicio y quisiera que mejorara este año entre los prenovicios y la catequesis, el inglés para los chavos, etc. Estoy consciente del riesgo que implica fundirse, pero si todo vuelve otra vez al íntimo instante de Su mirada: todo vuelve a Él y yo encuentro sentido, paz, amor; y el cansancio se carga de vida –aunque sepa a muerte en ocasiones. Todo construye en mi vida para el Reino, incluso mis caídas, porque de ellas se vale el Señor para recordarme que todo es Gracia y nosotros vamos como asíntota hacia Jesucristo: el Señor Resucitado. ¡Y entonces Él se acerca y dejamos de ser una asíntota sin esperanza para transformarnos en algo que la geometría no podría explicar! Porque todo toca al corazón con tanta fuerza que inunda todo lo demás. Es una suavidad intensa, aunque la combinación de palabras suene casi a un oxímoron.
Creo en el Reino:
si no hubiera Reino, yo estaría ahogado en mí mismo
y completamente derrotado.
Antes huía de toda situación de dolor y hoy puedo confiar más en la gran aventura de la noche porque Él ha caminado sobre mis aguas tempestuosas y su voz ha hecho amainar los miedos y las inseguridades que se agolpan en mi corazón y me dan ansiedad. Hoy aquí estoy, mirando con más calma la posibilidad del dolor.