Fue muy peculiar eso de entrar a mi bandeja de correo electrónico y descubrir que de los alarmantes 35 mensajes que tenía, ninguno contenía información relevante o imperiosa. Solemos mandar mensajes que llegan a nuestras bandejas porque contienen mensajes agradables, o con un sentido amistoso, alentador… Pero muy poco hablamos de nosotros mismos. El correo electrónico, aparentemente, se ha vuelto un medio para la difusión de este tipo de mensajes, pero no de nuestras propias mentes, espíritus y vidas.

No es queja porque se siente bien que de vez en cuando esté uno en una lsita de pocos correos. Cuando llega un reenviado regularmente lo mando a la papelera sin abrirlo, a menos que sea de alguien a quien no hace este tipo de «cadenitas». Cuando lo llego a abrir y hay un archivo adjunto, si tengo tiempo , descargo y veo. No devuelvo los mensajes porque -como dije arriba- podríamos darle un mejor uso a la carretera informática que nos conecta.

Si me has enviado un mesaje de este tipo y no has recibido constestación, puedes interpretarlo de dos formas:

1) No te quiero y soy un desalmado/desagradecido… hijo de mi pinky-monkey
2) Es una cordial invitación a que ¡Dejes de enviarme esos mensajes!

Yo quiero saber de ti, de tu vida, de tus historias… gracias.