A punto de ir a dormir, dejando que todo lo que he vivido en este día se vaya asentando en este coloide intempestivo que llamamos «día», encontré estas líneas, escritas un 2 de octubre de 2002, mientras cursaba el noviciado, que te comparto:
AJPM
«En la casa obsérvese el silencio, con el cual se aprende a orar»
Las distintas distracciones a las que somos muy propensos, dada la cuestión apostólica que vivimos como parte importante de nuestra vocación, nos hacen presa fácil de la dispersión espiritual; ésto a la larga reblandece las bases de la estructura del seguimiento auténtico de Cristo, y nos hace paupérrimos con relación al real tesoro que contiene la vida religiosa.
A veces, las mismas actitudes interiores nos distraen y, aunque las condiciones exteriores se den para un encuentro íntimo con Jesucristo, nos vemos asaltados por la gran cantidad de ruido interno. Además, la limpieza del corazón tiene mucho que ver. Mientras menos seamos nosotros y dejemos a Dios Ser mas en nosotros, Él habitará en nosotros (Jn, 1,14) y haremos mansión con Él (Jn. 14, 23)
Si logramos descubrir la importancia del silencio, tenemos medio camino hacia un más profundo encuentro con Dios. El silencio nos lleva a la plenitud de la oración.
Así pues, hemos de apreciar el silencio hasta coincidir con la Sabiduría:
Un profundo silencio lo envolvía todo
y la noche avanzaba en su carrera,
cuando Tu Omnipotente Palabra
bajó de los altos cielos a la tierra.