Monasterio Benedictino

de nuestra señora de los Ángeles
Ahuatepec, Morelos.

Una reflexión sobre
mi experiencia
de diaconado
hasta ahora…

Cuando comencé a prepararme para el día en que recibiría el diaconado, tuve una pregunta que ya antes había surgido en mi interior, durante los años de formación. ¿Cómo miras, Señor, a las personas?, pregunté en la oración. Yo pensaba, si el diaconado es una experiencia eminentemente de servicio, a ejemplo de Jesucristo que esta en medio de nosotros como quien sirve, era fundamental pedir a Dios su ayuda para contemplar a las personas de la comunidad con la misma visión que el Maestro tiene cuando nos mira. ¿Cómo servir con autenticidad sin esa mirada?

Con el paso del tiempo me he dado cuenta de tres cuestiones importantes. Primero, es un regalo de Dios llegar a esa contemplación, no es fruto de ningún esfuerzo humano. Segundo, que el servicio está entrelazado con los modos en los que me relaciono con las personas, incluso desde antes de recibir el diaconado. Tercero, que en la relación,  encontré el intercambio de miradas; es decir, que al dejarme mirar por las personas con quienes trataba, me dejaba ver por el mismo Dios, a quien servía.

¿De dónde surge? Es un don.

La oración y el silencio alimentan el ministerio de Jesús, de acuerdo a lo que dicen los evangelios. Se encuentra con su Padre y participa de su Amor infinito. Ese amor se convierte en el motor que impulsa toda su acción,  y lo que caracteriza sus relaciones con las personas que lo rodean. El Amor que llenaba el corazón del Maestro es regalo de su Padre, puedo suponer, en aquellas noches de diálogo profundo en oración y silencio. Ese mismo regalo está prometido a nosotros en la medida en que seamos capaces de recibirlo para derramarlo, a la manera del Señor. Cuando en la oración ponemos frente a Dios a todas aquellas personas con quienes entramos en contacto, sus necesidades y sus búsquedas, podemos estar ciertos de que recibimos ese amor del Padre para repartirles, con nuestro trato, la próxima vez que nos veamos. Mirarlos con la ternura y la profundidad del Padre, del Señor, con el Amor Infinito, es una transformación paulatina, una gracia de parte de Dios que llega a nosotros en atención a sus hijos más pequeños y necesitados.

Todo es relación, la relación es todo

Cuando nos relacionamos con las personas y entramos en contacto con las historias de los más pequeños, comprendemos un poco más el Evangelio. La gente a quien servimos se torna así en la glosa más eficaz del Evangelio. Puedo decir que el Espíritu nos lleva por caminos de Amor y Sabiduría cuando nos detenemos a escuchar a las personas. En estos tiempos acelerados y asfixiantes, muchas personas buscan un ser humano que sea capaz de escuchar amorosamente sus historias. Ya no se trata de sentarnos como Moisés a juzgar los asuntos del pueblo, sino de escuchar a quien viene a nosotros de noche, como Nicodemo,  para descubrir juntos la Verdad que brilla en las tinieblas. Acompañar esas historias, esas personas, me ayuda a reconocerme necesitado también de la mirada compasiva del Padre, que me anima y me ha dado un hermoso compañero de camino, en Jesucristo.

Dios nos mira en sus pequeños.

Justo ahí fue donde la pregunta se invirtió completamente. Ya no se trataba simplemente de mirar a otros, sino de ser vulnerable y dejarme mirar por ellos. En la mirada de las otras personas descubro los ojos asombrados, amorosos, sabios, pacientes, alegres, ilusionados y desafiantes de Aquel que me ama y me ha llamado a donde nunca pensé llegar.
Descubrí entre los niños de la catequesis y la casa hogar, los jóvenes de nuestros grupos, los matrimonios de los grupos de Renovación,  las amigas catequistas, las madres de familia, y los miembros de la comunidad de la capilla al Dios a quien servía.

Entonces todo adquirió un sentido más profundo, reverencial hasta cierto punto; pero sobre todo dichoso. Dejarme mirar por Dios en sus ojos me ha llegado al corazón, con una dicha inusitada.

Entonces, ¿qué es ministerio?

Cuando contemplo el ministerio del presbiterio, sonrío.
Jesús les dijo: «denles ustedes de comer». Mi autoimagen, el ídolo del yo que he construido en todos estos años, me dice que valgo como doscientos denarios de pan. ¿Qué es eso para tanta gente? Jesús les dijo: ¿Cuántos panes tienen?, vayan a ver.
Estos días he visto en el fondo de mi corazón, contemplado mi pequeñez asombrado: ¡Solo cinco panes y dos pescados! Los nervios, los temores, las inseguridades me invaden mientras camino hasta Jesús con aquella nada en mis manos. Las personas se sientan, en la hierba verde, como el rebaño que sabe quien es verdaderamente su Pastor. Esto se trata de las personas, nunca ha sido sobre mí, pero todavía no lo comprendo del todo. Así, sé hoy que el Señor me tomará, dará gracias al Padre por mi vida y mi presencia, pronunciará su bendición y me repartirá. Todos los días, cada día, para sus pequeños. El verdadero pan que baja del cielo es el mismo Jesús. Nosotros somos porque Él Es, y se entrega para que podamos entregarnos también. Dios provee para sus hijos y nunca los abandona; y cuando soy capaz de vivir en clave de entrega dichosa, ¡el Señor me ha prometido ser parte de este milagro!

Su Amor infinito sabe cuánto valemos en realidad, que cinco panes son mucho más que doscientos denarios de pan. Él nos ha llamado para que su Gracia sea manifestada con mayor claridad en nuestra debilidad y pequeñez. Soy un claroscuro y manifiesto la luz cuando miras con detenimiento mis sombras. Todo tiene sentido porque sus hijos quedarán saciados, sobrará y nada se desperdiciará.

Cuando pienso en el ministerio, también, me gusta compararlo con una copa de vino derramada. La copa vendría a ser mi corazón, que recoge el amor del Padre que fluye libre, generosa y alegremente hasta hacer estallar mis propios límites (o sea, mis temores, mis dudas, desconfianza y egoísmo) Entonces ese gran amor se derrama sobre los blancos manteles del banquete del Reino. Como dice Pedro, somos meros administradores de la multiforme gracia de Dios. Pero ¡cuidado! No se me ocurra pensar que esto es sólo en una dirección. El ministerio así pensado es una burocracia sin gracia de la gracia… se ha desgraciado. La copa de todos los cristianos está llamada a vivir derramada, a la manera del Maestro.

En la mesa del banquete del Reino, que es circular, todos tenemos nuestro puesto, amorosamente pensado por Dios desde la eternidad. A todos se nos ha llenado nuestra copa para compartir el sabor de nuestro vino con todos y que comience la fiesta. El ministerio es el envío con la fuerza del Espíritu Santo para vivir alegremente entre nuestras hermanas y hermanos. Miramos en ellos al Maestro, y estamos llamados a vivir cada encuentro con la fuerza de los relatos de la resurrección. Al principio no lo conocemos, pero Él abrirá nuestros ojos. Así, vamos a poder estar en medio de todos como el que sirve, a la manera del Maestro que ha venido a entregar la vida por todos. Y, entonces, nos podremos dejar mirar por el Señor a través de los ojos de nuestros hermanos, escucharemos su voz en las palabras de nuestras hermanas. La vida puede ser una fiesta cuando vivimos así.

Por eso, sé que el día de mi ordenación será un día feliz. Esa dicha vendrá del Manantial de Agua Viva, del corazón amoroso del Señor que nos llama a vivir con santidad, esto es, alegría y amor. Llegará a nosotros y se derramará. Ya lo verás.