A ti, que has transformado mi corazón:
Pienso en ti y sonrío al recordar todas las aventuras que hemos vivido juntos. Al inicio, yo no te conocía: quizás eras un nombre en una lista de asistencia, o un rostro curioso y sonriente al inicio del curso de catequesis, o uno de los varios jóvenes que visitan la casa juniorato cada fin de semana. Poco a poco tu nombre cobró un significado especial y las charlas, los juegos y dinámicas, las experiencias que hemos compartido me han cambiado el corazón. Horadaste mis entrañas y hoy quiero decirte: ¡Gracias!

Gracias porque sin ti probablemente ignoraría que mi corazón es escolapio hasta la raíz. Todas las pascuas infantiles, con tu atención y tu entusiasmo, con las energías puestas para los juegos, los cantos, las dinámicas y la oración; con tu asombro ante el misterio y lo sagrado; y sobre todo con tus palabras de aliento y bendición al final tú has logrado que mi corazón se conmueva, que mi vida adquiera sentido y plenitud cuando me gasto para ti: persiguiéndote por todo el salón Calasanz, animándote a cantar, preguntándote cómo estás hoy, recordándote lo importante que es el silencio y la alegría para escuchar a Dios. Tú me elevas y mi corazón vibra cuando trabajamos juntos.

Gracias porque tú me has mostrado el rostro tierno y puro de Dios. En tus preguntas inocentes, en tus palabras sencillas para hablarle al Padre, en el brillo de tus ojos en los momentos de oración y silencio, en tus ganas de participar y colaborar conmigo, en la forma en que te diriges a mí: lo que me dices y cómo me miras. Encontrarte caminando en medio de una procesión del silencio, levantarte y llevarte sobre mis hombros; o parar una clase que preparé durante horas para resolver tu pregunta urgente; o terminar bajo una pila humana al final del retiro de segundo de secundaria… todo me recuerda con ternura que Dios sigue confiando en mí, que me ama, que camina conmigo.

Gracias porque los caminos que hemos compartido y el cansancio tiene sentido pleno. Todo el tiempo destinado a ti, planeando y soñando contigo, esperando ofrecerte algo que pueda ayudarte a reconocer la chispa divina que guardas en tu corazón, se ha ido convirtiendo en la mejor inversión de mi vida. Cuando llego a casa, un sábado, y no quiero levantarme porque estoy molido, usualmente sonrío al recordar quién me ha puesto en este estado. Agradezco a Dios porque salió al encuentro de ambos entre los juegos, las canciones y la oración que hacemos. ¡Vaya que tienes energía!

Gracias porque en ti encuentro a Dios cada vez que nos vemos. Él me dice que no me rinda, a pesar de que no siempre haces lo que a mí me gusta, a pesar de que a veces llegas con más energía de la que puedo manejar, aunque los contenidos del mensaje quedan a veces cortos o anulados, o que tengamos desencuentros. Así también ha sido mi relación con Él: estira y afloja. Tú eres prueba viviente de que Dios es bueno, es la fuente del Amor y de la Vida, con tu energía, tu ternura, tu travesura e inquietud.

Cuanto más trabajas por Cristo, tanto más debes a Cristo, porque es tu fruto.

José de Calasanz

Gracias por las sonrisas, por los abrazos, por los gritos y los aplausos. Gracias porque la semilla de amor que planto hoy ¡es reflejo de la semilla de amor que dejas en mí! Gracias por tu reclamo cuando cometo injusticia y por tu honestidad cuando las cosas no salieron bien. Gracias porque me tomas por sorpresa cada vez y derrumbas mis esquemas para llenarme de amor y gratitud. Gracias porque entre más te conozco, más reconozco el brillo que destella en tu interior y que da sentido a la chispa divina dentro de mí. Gracias porque mi vocación se fortalece por ti, para ti, contigo.

Gracias porque contigo, una tarde cualquiera, descubrí asombrado cómo soñaba el corazón de mi maestro Calasanz. En medio de un juego, entre los gritos y la algarabía, casi a la puesta del sol, tus ojos destellaron a la luz del sol poniente y Lo reconocí habitando en ti. Una pequeña y dulce teofanía. Contemplativos en la acción, nos llaman por ahí; y esa frase tuvo completo sentido después de aquella tarde en nuestro patio de juegos. Cuando te encuentro cada día crece en mí la hondura de aquella revelación de amor que el Padre me regaló. Gracias porque sin ti, no sería escolapio.