¿Qué enciende tu corazón?

por | May 20, 2018 | Dabarim, Recursos

Alguien dispuesto a vivir apasionadamente sabe que un fuego habita en su interior. Uno de los símbolos que utilizamos cuando hablamos del Espíritu Santo es el fuego. ¿Alguna vez te has preguntado por qué? Creo que una de las razones es su fuerza transformadora. Todo lo que el fuego llega a tocar cambia para siempre, no hay marcha atrás: desde la comida que se prepara en casa, las velas que se consumen en una cena romántica o en nuestra eucaristía, hasta la mano del niño curioso que se acerca demasiado a él.

Jesús nos ha prometido su Espíritu para enseñarnos a vivir como Él ha vivido, eso quiere decir que tendremos su alegría, gozo, paz, bondad, misericordia, paciencia… No se trata de un truco mágico por el que nuestro corazón cambie, sino de la semilla de amor que, plantada en nosotros, crece y germina para la vida eterna. Son estos dos verbos los que he visto en mi propia vida y como creo en la acción de Dios dentro de mí.

Crezco cuando acepto el reto que representan las circunstancias de la vida. La transformación ocurre poco a poco, a fuego lento, podría decirse. Todas las personas, las circunstancias, el tiempo y el lugar donde vivo está impregnado de la fuerza del Espíritu, de su voz. ¿Quiero ser más alegre, más paciente, más pacífico?… ¡Me han venido una serie de oportunidades para engrandecer tu corazón y hacerlo más semejante a ser un hijo del Padre! Depende de mí elegir escuchar con atención la voz del Espíritu.

Germino, echo pequeños brotes de esperanza, cuando agradezco esas oportunidades y doy testimonio con mi vida del gran amor que ha tenido Dios conmigo. La experiencia de amor ha encendido mi corazón. Me apasiona compartir con otras personas el don maravilloso que recibo sin mérito mío. Los renuevos que despuntan una nueva realidad despiertan una transformación en todo el mundo alrededor. Somos provocadores, un desafío a la historia y al mundo con su discurso de odio, temor y egoísmo. Nada mejor que saber que comparto ese proyecto (el Reino) con mis hermanos y hermanas. ¡Contigo que lees estas líneas!

Recuerdo el Pentecostés de 1999. El compromiso que asumí el día de mi confirmación fue de ser testigo valeroso del Amor de Dios. Esa noche lluviosa de mayo comprendí que había un fuego ardiendo en mi corazón que nada podría apagar, que me urgía a entregarlo todo por amor, con generosidad y confianza. Tenía quince años y pensaba que la vida se jugaba en un todo o nada. Hoy, el Espíritu bulle dentro de mí sosteniendo mi caminar en las Escuelas Pías. Es un fuego maravilloso y me llena de pasión, de intensidad.

Después de aquella noche de Pentecostés nada fue igual. Mi vida se transformó de una vez y para siempre porque comenzó un caminar de seguimiento del Maestro. El Espíritu ha ido transformando mi corazón poco a poco, me ha enseñado a escucharlo y ser fiel a quien soy.

En la vida, la fuerza del Espíritu camina con nosotros. Nos sostiene, nos inspira, nos consuela y nos fortalece. Es una fuerza que siempre está cerca de nosotros. ¿Nos detenemos para escuchar lo que sentimos, lo que pensamos? ¿Ponemos atención a sus impulsos dentro del corazón? ¿Lo descubrimos latiendo con fuerza en nuestros corazones? ¿Aquello que nos apasiona responde al impulso del Espíritu para que vivamos como Él vivió?