México D.F., a 5 de febrero de 2013
Queridos Padre Emmanuel y miembros de la congregación provincial:
Dirijo estas líneas esperando que el viaje haya ido bien y gocen de cabal salud y mucha alegría en este caminar escolapio al que hemos sido llamados.
El motivo de la presente es, primeramente, compartir con ustedes lo que ha sido este andar de seis meses de experiencia en la casa noviciado-juniorato. Aunque es grave tarea resumir dicha experiencia en una carta, trataré de plasmar aquí lo medular, lo que he descubierto que subyace en mi corazón y motiva cuanto hago en estos días.
Comencé esta experiencia esperando que el Señor me diera luces y fuera confirmando aquella llamada que había sentido en Oaxaca y que me llevó a dejarlo todo y embarcarme en nuevos rumbos. Pedía a Dios me diera la apertura y la atención necesarias para irme formando en la escuela interior. Quería que, como dice el salmo 35, su Luz me hiciese ver la luz.
Regresar a la Escuela Pía ha significado muchos retos y maravillosos descubrimientos. El reto de asumir la vida comunitaria con disposición del corazón, sencillez y alegría. El reto de entrar de nuevo en el ritmo de vida de una casa de formación. El reto de estar en un apostolado en tres fases: vocacional, grupo de matrimonios y retiros para niños. El reto de volver a las aulas después de un tiempo de no ser alumno. El reto, en fin, de un cambio de vida, usos y costumbres al que me ido amoldando, tratando de estar atento por si en esas pequeñas cosas el Señor hablaba, insinuaba su Voluntad.
No me cabe duda que la Gracia de Dios se ha derramado en mi corazón. Con cada reto, venía un descubrimiento maravilloso que acrecentaba el valor de la perla que un día vislumbré en Oaxaca. El don de la vida comunitaria vivido desde nuestra fragilidad, pero también desde la disposición del corazón que busca hallar entre sus hermanos a Quien lo ha convocado, que comparte un llamado y una misión, de palabra y de facto. Saber que aunque somos tan dispares, tenemos algún elemento en común y es más lo que nos une que aquello que intenta dividirnos.
El don de una casa de formación donde la palabra clave es acompañamiento. Me entusiasma saber que aquí se forja el futuro escolapio; que uno es el responsable de su formación y de dejar que la acción del maestro interior sea efectiva en nuestra vida. Además, el don de la faceta apostólica escolapia, que gracias a Dios he experimentado en varios modos. Después de todo, la vida del escolapio es de brega, de lucha, de acompañar en muchas trincheras porque la alegría de saberse amado por el Padre es tan grande, que debe compartirse con todo el mundo.
El don de inteligencia para comprender aquello que vamos aprendiendo e irlo integrando al resto de los elementos de mi formación; aunado a compartir la alegría del llamado con hermanos de otros institutos religiosos. Así, cada paso iba arrojando luz a la pregunta fundamental: ¿Qué quieres de mí, Señor?
México D.F., a 5 de febrero de 2013Esta experiencia de seis meses ha sido como un fuego lento, una llama viva, tibia, cálida, que se consume despacio y alumbra el camino en la noche de las dudas y los miedos que a veces nublan el camino. La mayor enseñanza que me deja este tiempo es: estamos aquí para ser de Dios. El espíritu es un fuego interior que va arrasando aquello que no es o no lleva a Dios, aunque nos guste o nos hayamos apegado a ello. Un religioso está llamado a encarnar la radicalidad desde su humanidad y sus limitaciones, dejando que la Gracia obre en él para que sea de Dios y nada más. Más allá de lo que haga, o dónde esté, o con quiénes esté compartiendo la misión, al final somos sólo Dios y yo.
Hoy sé que mi corazón no descansará hasta llegar al abrazo del Padre. Mientras ese día se presente, el fuego que bulle en mi interior me incita a una entrega más radical, más audaz, más allá -inclusive- de lo que ahora podría imaginar. Vivo un sentido de plenitud que antes no tenía, pero buscaba, anhelaba: la plenitud de quien se ha puesto en camino y se sabe amado completamente. El Amor de Dios se ha derramado a lo largo de mi vida con tanta fuerza, que me compele a seguirle de cerca, a vivirme como signo de contradicción (incluso para mí mismo) y entregar mi vida entera en un ministerio que, hoy como nunca, es indispensable, vital.
Por ello, el segundo motivo de esta carta es pedirles humildemente ser admitido a la profesión simple en esta familia de hermanos que en la fe, luchan y caminan a ejemplo de San José de Calasanz. Apenas un pasito en un largo caminar, pero el siguiente de acuerdo a lo que me dicta el corazón.
Agradezco mucho la amable atención a estas líneas. Deseo que el buen Dios los siga bendiciendo y sosteniendo en el arduo camino de servicio que desempeñan; y espero su respuesta a la presente.
Un abrazo fraterno. Otilio Ramón Herrera Ruiz
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