Cuando tenía como 5 o 6 años mi maestra de primer año alertó a mis padres sobre mi debilidad visual. Estaba en la primera fila y simplemente no distinguía las letras que me ponían a leer. Me llevaron a Oaxaca para que me hicieran un diagnóstico y, de ser necesario, los lentes. Fue una experiencia muy interesante, novedosa y no comprendí muy bien como, pero veía mejor cuando me pusieron aquel armazón pesado y cambiaban los pequeños lentes. «¿Así está bien?, ¿mejora?» Al final me quedé con unos lentes del tamaño de mi cara y una correa café… después de esto la historia ha sido contínua; lentes tras lentes y mi graduación ha ido aumentando.
El examen de ayer me lo hizo una mujer que estaba ahí como empleada de la óptica en aquella primera experiencia, ahora es optometrista y sigue teniendo la misma paciencia y buen ánimo que la caracteriza. La señora Paz tardó el tiempo necesario. Y estando en ese cuarto recordé mi primera experiencia, han pasado muchos años. Hoy no me puedo imaginar sin lentes, y ella también se acordó de mí. «Estabas chiquito, ¿ibas en la primaria, verdad?» Ahora más conciente pedí mi graduación y comprendí a qué se debe cada número. Muy divertido salí y escogí un armazón sencillo. Ya no quise acetato, se resbala cuando estoy distraído. Ja, ja, ja.
Bueno, el 28 me entregan los lentes y veremos.