Nací un veintitrés de mayo de mil novecientos ochenta y cuatro en Miahuatlán de Porfirio Díaz, Oaxaca. Soy el segundo de dos hermanos, hijo de una pareja de maestros de educación primaria. Viví en mi ciudad natal hasta los catorce años, así que toda mi infancia se desarrolló en una pequeña ciudad, situada de camino a la costa chica del estado, con gente amable y sencilla que me dio confianza para crecer y buscar otros horizontes.

Hay tres aspectos de mi niñez que recuerdo con más intensidad y claridad. La pequeña biblioteca de mi casa, el bullicio de jugar con mis vecinos y el olor del café que preparaba mi abuela. Claro que hubo también experiencias concretas que dejaron honda huella en mí, pero necesitaría más contexto para contarlas y alargaría este texto.

Tener libros a la mano marcó mi personalidad enormemente. En casa, mis padres se habían hecho de una pequeña colección que incluía temas muy diversos: novelas, antologías poéticas, relatos históricos, enciclopedias, series de cuentos, libros  de texto gratuitos discontinuados de historia, geografía, español, etc. y leyendas de diversas partes del mundo. Antes de cumplir los cinco años, yo ya sabía leer. Para cuando terminé la primaria, había aprendido mucho de un mundo que apenas iba a conocer, lugares lejanos que aún no he pisado, y un pasado que explicaba mucho de lo que se vivía en aquella crisis del ’94 en México.

Siempre recuerdo con mucho cariño a los niños de mi calle. No todo eran libros. Por la tarde, como a la hora de la puesta del sol, habiendo terminado las tareas escolares, salíamos aprovechando el fresco vespertino. Nuestros padres, vigilantes, comentaban los hechos del día, los recuerdos de cuando ellos ocupaban nuestros lugares, o simplemente nos miraban y sonreían. Éramos alrededor de doce chiquillos de distintas edades que correteábamos y nos carcajeábamos mientras la noche se abría paso por el cielo. Un momento sin tiempo, apenas interrumpido por algún conductor esporádico que, al grito de “¡carro!”, pasaba y saludaba. Durante aquellas tardes aprendí sobre la alegría y el dolor, las reglas y las travesuras con Geña, Lucha, Diego, Reina, Betty, Meche, Camela, Manolo, Fátima, Hilde y los hijos de Doña María.

La familia de mi mamá jugó un papel crucial en mi formación. Ellos fueron mi grupo de referencia, el espacio donde socialicé y aprendí lo básico de la convivencia humana. Recuerdo que todos los primos nos reuníamos algunas tardes en casa de mi abuela, y más de una vez la pobre nos riñó por retozar entre los ataúdes de su funeraria. ¡Vaya forma de dar vida a un establecimiento de naturaleza tan lúgubre! Sin embargo, uno de los momentos que más gozábamos era cuando el olor del café de olla invadía la casa. Alguno de los primos mayores recibía la encomienda de ir por pan a la esquina “de Angelita” y los tíos se acercaban a la mesa de Doña Ramo (mi abuela) con nosotros, los nietos sonrientes de ojos chispeantes, saboreándonos el café que humeaba en la estufa. Una gran enseñanza de mi abuela: “al menos un poco de café y un pan para mis muchitos (niños)” solía decir. Nunca nos fuimos sin recibir de su generosidad.

Y muchas cosas se pueden contar de mi infancia, pero creo que estos tres pequeños ejemplos sirven para ilustrar que tuve un crecimiento rodeado de atenciones, cariño, libertad, confianza y alegría. En Miahuatlán obtuve todo lo necesario para crecer y soñar con los horizontes que se escondían más allá de mis montañas, allí donde se metía el sol a la hora del café, a la de jugar, a la de crecer.