En la última semana he venido asistiendo a las misas del novenario de San José. (bueno, en honor al santo) Y he escuchado las homilías basadas, como podrás suponer, en los textos propios del tiempo de cuaresma. Los señores sacerdotes que presiden esas misas, y que dicen esos sermones, simplemente se limitan a recitar las fórmulas que vienen indicadas en el Misal Romano, dirigir un discurso al momento de la homilía y «san-se-acabó».

La calidad de los discursos que se dirigen desde el ambón dejan mucho que desear. En primer lugar, están dirigidos a un público que viene con ganas de conocer lo que Dios tiene para ellos y que, en vez de eso, se tiene que sentar a escuchar una reflexión fuera de sus intereses. Además, la primera parte de la homilía narra los hechos que acabamos de escuchar en las lecturas. ¿Para qué necesita la gente escuchar otra vez lo mismo, si no lo entiende? Luego, no hay interacción alguna en la homilía. Yo no digo que el sermón lo tenga que hacer alguien del pueblo, más bien pido que se haga con la participación del pueblo. Vamos a desentrañar juntos el mensaje del Maestro.

La gota que derramó el vaso fue la misa de hoy al mediodía. Seis niños hicieron su primera comunión, estaban ahí, viendo al padre hablar sobre un autor teológico que en su vida han de oír o leer; de un santo (Bernardo) que escapa a su mente infantil; de una analogía entre la humanidad y el hijo pródigo (que, estarás de acuerdo, de pródigo tiene poco) Pero a ellos, a sus pequeñas y nacientes vidas ¿qué les importa si tal o cual autor dijo esto o aquello? Estaban de fiesta, ellos principalmente, ¿por qué no acercarse y hablar con ellos?, ¿por qué no dirigir un mensaje centrado en su mundo infantil?, ¿por qué no acercarles a Chucho con la simpleza con la que Él mismo venía (y sigue viniendo) al encuentro de los niños?

Por todo esto, yo me pregunto hoy: ¿Qué pasa con nuestros ministros? Es cierto que son pocos para la gran cantidad de gente que hay; que no se dan abasto y que, con la cantidad de misas que hacen, se pierde un poco de la calidad en cada una. Pero, por favor, al menos un poco de dedicación. Es por eso que cada vez más, los jóvenes encontramos menos sentido a lo que vivimos, a lo que nos toca hacer. Nos faltan líderes que nos lleven pro derroteros llenos de espiritualidad verdadera. Los pedimos, es cierto, pero ¿acaso los encontramos?

Yo creo que ya es hora de que los sacerdotes tengan más contacto con su grey, que se bajen de su nube y se embarren con nosostros. El Maestro no tuvo miedo, Él amó a su pueblo y se embarró con él. ¿que no ellos son seguidores fieles de ese mismo Maestro?

Si tú tienes cerca un ministro que haga las cosas con pasión, ayúdalo, apóyalo cuanto puedas. Tu cooperación lo hace seguir adelante. Y si ves a uno que flaquea, anímalo. Somos una comunidad, después de todo…. ¿no?