O de como se dio el cumpleaños

Escucho a Silvio Rodríguez mientras deslizo mis dedos por las teclas que recogen lo que voy pensando-diciendo para transmitirlo a su manera. Esta mañana he escuchado a los Beatles antes del desayuno, con la alegría de sentirme vivo, bendecido por Dios con una mi existencia, henchida, llamada a consumirse gozosamente: arder con pasión. Hoy, después de un magnífico día, dejo que el sonido de la guitarra se combine con la lluvia que azota mi ventana y refresca un poco el ambiente. He recibido felicitaciones por las redes sociales, por teléfono, por mensaje y en persona; cada una atesorada de manera especial por quien las hace, por las experiencias que hemos compartido y porque me recuerda poderosamente el gran Amor que nos une a todos: hijos de un mismo Padre.

Festejamos con sobriedad. Los detalles del día van revelando cómo celebra este escolapio su cumpleaños. Por la mañana, en la oración, con mi nombre asociado a otros hermanos que también siguen las huellas del Maestro. Soy parte de una gran familia en muchas partes del mundo, para llamar a esta tierra nuestra casa, y que la patria sea el cielo. Trabajando hasta las doce y media: la página de Hogares Calasanz está lista para su revisión por quienes saben más de estos asuntos. A la vez, lavando en casa provincial porque nuestra lavadora se ha averiado; entonces el almuerzo lo ha puesto Margarita, una mujer proverbial que me obsequia unas enchiladas maravillosas, picosas, alegres. Recibo llamadas de mi hermana y mi madre para que mi corazón rebose de contento.   También un par de amigos dan señales de vida, de alegría, de gratitud. Lo voy echando al saquito de júbilo sorprendido que abrí en mi corazón hace ya algún tiempo. Al filo de la una, vuelvo a casa prenoviciado. Escucho preparativos en la cocina. Hay pozole en la mesa para la hora de la comida: ¡Dios bendiga a Carlos por ese bendito sazón! Charla amena, sonrisas y bromas. Un bendito pastel y un «jugo de uva con sabor a durazno» me hacen recordar al personaje aquél de Gómez Bolaños. La tarjeta del cumpleaños es motivo de risa también; y me asombran con un «XXXIII» formado con las velas. ¡Vaya que son creativos y sorprendentes estos hermanos prenovicios! Siento el cariño de mi comunidad y agradezco a Dios por ellos. Por la tarde termino de ver Saint Seiya con el buen Jorge. ¡Pensar que cuando tenía siete años tenía que ir hasta la panadería de la esquina para verlos! ¡Hoy están a dos clics de distancia! Luego, visito la secretaría parroquial, y me ilusiona saber que mis pequeños recibirán la comunión por primera vez este domingo y sus comprobantes ya estarán listos el viernes. Vuelvo a casa provincial y empaco la ropa para volver a casa prenoviciado. Por la noche, ¡el pozole se ha ido! Los muchachos se llevaron todo al juniorato, sin dejar al menos una olla para la cena. Así que ponemos manos a la obra: tres huevos, aceite, pimienta y sal. Habemus coenam. Seguimos hablando un poco, y nuestro día termina con la oración nocturna. Vuelvo a mi habitación, me sirvo una copa de mezcal ERIOS y aquí estoy. ¡Cumpleaños!

Ya pondré las fotos, ya veré las notificaciones con calma, ya seguiré riéndome del desvanecido pozole… La lluvia arrecia, la guitarra se pone «moraleja», como decía el gran Cabral. Es bello contemplar la vida como una gracia absolutamente inmerecida. ¡Cuánta libertad ante Aquél que es inmensamente libre! La chispa que late dentro mío no está condicionada a los proyectos, ni a las huecas especulaciones, ni a los sueños de formando, ni a las expectativas. ¡La chispa simplemente está ahí!

El espíritu del Señor llena el universo, lo abarca todo y tiene conocimiento de cuanto se dice.

Sabiduría

1,7

Me percibo profundamente agradecido, asombrado por tan infinito amor. Quizás ahí está la raíz de mi alegría, de mi festejo; es como si fuera uno de aquellos ríos «tontos» que ocultan aguas profundas y agitadas en su interior, mientras la superficie se mantiene casi inmóvil. Es que el gozo que va llenando mi corazón está más allá de todo cuanto haya experimentado antes, y a veces me es imposible expresarlo realmente. Así que sólo tengo mi sonrisa, el brillo de mis ojos, la inquietud de mis manos, el torrente de mis palabras: toscos instrumentos que buscan reflejar la obra maestra que se teje en mi corazón. La felicidad no se trata de «estar bien con uno mismo», me parece, sino del maravilloso descubrimiento de un don que viene de lo alto y existe para el bien de los hermanos, la construcción del Reino, el seguimiento de Aquél que decidió quedarse en medio de nosotros en la Palabra y la Eucaristía para que no andemos ya en tinieblas, sino que nos revistamos con el ropaje de la luz. ¡Cuánta felicidad existe en desgastar la vida por Aquél que nos ama sin medida!

Miro con ilusión este año que comienza. ¡Tantos «comienzos»! ¡Tantos ciclos! Ya el padre Rafael, lleno de sabiduría, me lo recuerda en mi tarjeta de cumpleaños: «Deseándote lo mejor sobre todo este año en que Dios mediante te consagrarás a Él con la profesión solemne. Un abrazo fraterno». Y el solo pensamiento acelera el corazón y me inspira una sonrisa porque sé que el mismo Señor me va preparando hacia una recta final que comenzará justo donde empezó todo para mí, y seguirá justo donde empezó todo para él, mi querido José Calasanz. Y después, ¡Dios proveerá!

Enlace para el álbum de fotos

Por último, escribo unas palabras, fruto de la visita que hicimos a la Ermita del Silencio el pasado diciembre y la ternura infinita que llena mi corazón de pasión y gozo.

El plan del Señor se mantiene por siempre, los proyectos de su mente, por todas las generaciones.

Salmos

33, 11

¿Dónde podría descansar
si no es contigo?

¿Para qué fatigarme
si no es por Ti?

¿Por qué soñar
si no estás caminando a mi lado?

¿Qué voy a pedir
si ya todo me lo has dado?

Aquí estoy, Señor,
Tú conoces mi corazón,
pues lo formaste.

(20-dic-’16)