Diez años han pasado desde el fallecimiento de mi padre. Aquello que al principio me parecía casi imposible que sucediera –pues cuando era niño nunca imaginé que mis padres morirían– acabó pasando; y aunque el proceso fue muy accidentado, hoy puedo sonreír ante la exactitud de los tiempos de Dios. La ausencia de mi padre se ha vuelto una presencia especial, en medio de mis días y obras.

Recibí una beca para irme a Kalamazoo, en Michigan, EE. UU. Hablé con él y sugerí la idea de rechazarla porque era importante quedarme. Ya estaba enfermo. Uno de mis temores era que, si me marchaba, volvería a encontrarme una tumba fría. Uno de mis amigos –médico– me había dicho que era cuestión de tiempo si no se sometía a la diálisis, y el lapso sería breve: no más de seis meses. Se lo dije. Sonrió. «Yo ya viví mi vida, hijo», comenzó. «Hice lo que quise, y tomé mis decisiones. Sabía que tenía que estar lejos de casa, volar lejos, para saber quién era realmente. Sin mi papá y mi mamá, sin que alguien me dijera qué hacer… Luego, cuando conocí a tu mamá, supe que ella era la mujer para mí. Lo que hemos construido, lo hemos hecho juntos. Más de treinta años de casados llevamos. Estoy contento, tranquilo; la vida no me debe nada porque me ha concedido todo lo que le he pedido. Y estoy orgulloso de ti, aprovecha esta oportunidad. Lo demás, deja todo en manos de Dios y no te preocupes.»

Comprendí que estaba hablando con un hombre que había llegado a una claridad que sólo anuncia algo: la proximidad de su encuentro con Dios. Pedirle que hiciera la diálisis era lo mismo que aniquilarlo porque limitaría su movilidad, le causaría mucho más dolor del que aliviaría, y mortificaría a mi madre también. Entendía por qué se resistía. Hablé también con mi madre al respecto y acabamos diciendo que no podíamos obligarlo a nada, ni queríamos hacerlo.

Me marché en septiembre de 2007. Lloré durante la primera parte del camino, en un autobús hacia la Ciudad de México porque sabía que la imagen de mis padres abrazados, en la puerta de la terminal de Oaxaca, con mi padre agitando la mano y una sonrisa franca, lúcida, feliz, en su rostro sería la última que tendría de él en vida. No quería que fuera así, pero al final de cuentas comprendí que eso formaba parte del cúmulo de circunstancias que no está en mis manos modificar de ninguna manera.

El día llegó un seis de noviembre, martes, por la tarde. Llamé a Miahuatlán porque mi hermano Óscar me había insistido que era importante y urgente hacerlo. Me contestó mi hermana, y me pareció extraño. Fue hasta que escuché la voz de mi madre que pude comprender qué estaba sucediendo: «Tenemos tendido a tu papá aquí en la casa». Y un golpe de electricidad recorrió mi espina dorsal, sacudiéndolo todo. Algunas instrucciones y comentarios más siguieron a la noticia. Escuché todo aquello con un hueco en el corazón que jamás podría volverse a llenar.

La compañía de mi hermana fue esencial en medio de todo para mi madre. Sin ella, ¡no sé qué habría pasado! Sin saberlo, la muerte de mi padre había comenzado un proceso que culminaría unos tres años más tarde, con la llegada de mi hermana y mi sobrina a la casa, de forma definitiva.

¿Quién podría llevar el luto conmigo? Si nadie en Kalamazoo conoció a mi padre, ¿qué sentido tenía hacer una ceremonia? Los estudios, las responsabilidades, las fiestas de los fines de semana, amigos y familia García fueron un refugio en medio del dolor.

La compañía que me ofrecieron los García fue invaluable. Sin ellos, creo que me habría perdido en una vorágine de alcohol, cayendo en una crisis depresiva. Lejos de casa, ellos supieron hacerme sentir en un hogar. Sin haber conocido a mi padre, su empatía me permitió contar historias sobre él, sobre mi familia, sobre cuán importante era para mí y por qué su muerte era algo anticipado, pero no deseado. No hubo ceremonias, ni discursos: los García construyeron de nuevo mi corazón a través de pequeños actos de bondad, de misericordia, de amor. Ellos y sus amigos me sostuvieron en medio de ese tiempo de oscuridad y les estaré eternamente agradecido.

Mis amigos del grupo de estudiantes internacionales también acogieron mi corazón herido. Fue curioso, pues con ellos hablaba poco sobre mi padre, excepto, quizás, cuando a las horas de la madrugada, antes de irme a dormir en algún sofá mencionaba alguna cosa… Su apoyo consistió en hacerme ver que la vida seguía su ritmo, incesante y amable, sonriente y ruidosa, entre los exámenes, las lecturas y los deberes. Cafetería se volvió un espacio de reunión –entre muchos– que nos unió en forma especial durante ese tiempo para que encontráramos un hogar lejos de casa en el corazón del otro.

En diciembre enfrenté mi temor de hallar una tumba fría. Viajé a Oaxaca para encontrar a mi madre y mi hermana. Fuimos a Miahuatlán. Encontré más que sólo roca y letras en granito: hallé una pequeña comunidad que festejaba la vida, que oraba junta, que hacía honor a la memoria de mi padre y, en cierta forma, pude encontrarme con mi papá en medio de esas personas. No era simplemente recuerdos, sino que se trataba de vivir como él había vivido, amar a Dios con esa pasión. Agradecí ser hijo de mi padre.

Con el tiempo, ha venido también una cierta maduración de mi esperanza. Yo no creo en la resignación ante la muerte. Yo creo en Jesús Resucitado, ahí fundo mi esperanza. La presente ausencia de mi padre es un recordatorio perenne de que puedo mirar más allá de la realidad que me circunda. Espero poderme encontrar con él un día –El Día– y podernos dar ese abrazo que sigue pendiente desde hace diez años. Sé que así será porque el amor crea lazos de eternidad y así la vida sigue después de la muerte.

Su amor, su sabiduría, su reflexión crítica, su humor sarcástico y ágil, su alegría, su canto, su cólera ante la injusticia flagrante, su devoción y reverencia ante el Misterio me siguen dondequiera que voy porque forman parte de mí. Una parte suya sigue viva a través de mí, lo siento así. Me alegra saber que así también se mantiene viva su esperanza, su gozo y su orgullo: lo que antes había sido un lastre, hoy es motivo de agradecimiento y alegría. Soy el hijo de mi padre.