Alianza y vida nueva

por | Jun 2, 2018 | Dabarim, Recursos

Dios es tan bueno con nosotros que ha salido a buscarnos, porque su amor quiere tener una relación con nosotros. Él siempre está creando, renovando los corazones de las personas.

Nos ofrece vivir como verdaderos hijos suyos, nos pide que nos tratemos como verdaderos hermanos: con cariño, escucha, perdón y respeto. Para eso, ha enviado su Hijo: así aprenderíamos cómo vivir felices en el mundo que nos ha confiado por amor.

La sangre es sinónimo de vida para el pueblo de Jesús. Moisés roció al pueblo con la sangre de aquellos animales porque ese gesto significaba que aceptaban vivir de una manera diferente, según la Ley que recibieron. Jesús no utilizó un ritual. Jesús nos mostró con cada día de su vida lo que significa ser verdaderamente Hijo del Padre. Así, cuando miramos la cruz, también podemos ver en esa sangre que se derrama por amor, la vida entera de Jesús, entregada sin descanso por la causa del Reino de Dios.

Aquella noche sería inolvidable para los discípulos: el Maestro realizó un gesto sencillo y lleno de significado. A pesar del sabor a despedida, a tristeza, a confusión que podían tener aquellos galileos, Jesús hace una promesa concreta: ese pan es su cuerpo; ese vino es su sangre. Ese gesto sencillo que repetimos con amor y devoción nos congrega como una sola familia que se extiende a través de los siglos. También nos compromete a vivir de manera distinta: para nosotros renueva nuestra alianza con Jesús, a quien seguimos.

Él mismo sale a nuestro encuentro por los caminos de nuestra vida todos los días. Tenemos la oportunidad de reconocerlo entre los más pequeños, los más débiles, los más necesitados. Acercarnos a la Eucaristía cada domingo puede ser un encuentro de amor cuando hemos hecho la voluntad del Padre durante nuestra semana. Es su cuerpo y sangre que nos animan el corazón y nos dan la fuerza necesaria para seguir construyendo el Reino. El mismo pan, repartido con el mismo amor, para que podamos reconocernos como verdaderos hermanos entre nosotros.

La relación con Dios ya no se resuelve con sangre de animales. La relación con Dios no se estanca en los rituales. Nuestros gestos y símbolos señalan una realidad que estamos llamados a construir todos los días. Eso implica un compromiso: Hoy, tu relación con Dios se resuelve en la medida del amor. Es decir, ¿qué tan cerca voy de Jesús? ¿Dejo que mi vida sea nueva cada día, o me detengo por miedo a dejar de hacer lo que siempre he hecho de la misma manera una y otra vez? ¿Me comprometo por construir relaciones más humanas y más justas con las personas que me rodean, o sigo la corriente de injusticia y la cultura del descarte porque es más cómodo? ¿Levanto la voz por los que obligan a callarse? ¿Siembro paz y perdón en un mundo que respira violencia y odio? ¿Cuál es tu pasión? ¿Eres testimonio del amor de Dios entre los que te rodean?…