Empecemos por el video y la canción, si me permites, que escuché cuando era muy joven (14) y que hoy más que nunca me toca el corazón de manera poderosa. Y te dejo una lista de canciones con rolitas de la amistad que me gustan mucho. 

En mi vida, puedo contar a los amigos de muchos tiempos y lugares, con mil anécdotas y sueños compartidos. He visto como muchas personas han pasado por mi camino y se han marchado, o quienes mostrando un rostro ante mí, me han destrozado a mis espaldas. Heredé de mi madre que la confianza total en una persona termina defraudada tarde o temprano. Heredé de mi padre, que no siempre se cumplen las esperanzas del corazón. Aprendí por mí cuenta, que pocas veces puede llamarse “amigo” a alguien, pero que sí es posible: la confianza rota se configura otra vez para empezar de nuevo (es el principio del perdón que Dios otorga) y las expectativas, si se comparten con el otro, pueden ayudar a construir algo bonito: la amistad.

Yo mismo he lastimado a quienes he amado con mis silencios, mis arrebatos, mi gélido y ácido sarcasmo, mi necesidad de tomar distancia de las personas y encerrarme en mí mismo para buscar respuestas. Soy todo, menos un santo. En las relaciones humanas nos rompemos el corazón de vez en cuando, e incluso eso es una prueba de que las personas nos importan, nos duelen.

He sido testigo del milagro de cómo una amistad verdadera trasciende el tiempo y rompe las barreras de la distancia. Saber que después de un año (o más) puedo sentarme a la mesa con alguien para retomar la conversación y notar que, aunque seguimos cambiando, nuestro corazón descansa en el otro. He sentido el apoyo de verdaderos compañeros de camino en los momentos más dolorosos, y su compañía gozosa en los brillantes. He tenido el privilegio de mirar crecer a personas maravillosas, para convertirse en hombres y mujeres que siguen multiplicando vida, construyendo un mundo mejor. La amistad se basa en compartir lugares y momentos.

Muchas personas que se han ido de mi vida nunca han vuelto porque no se logró la conexión profunda que una amistad requiere. Unos pocos se han quedado más allá de las dificultades del tiempo y la distancia. Un puñado se ha llevado confesiones de lo más hondo de mi corazón, y han sido escuchados atentamente por mi alma.

Contrario a lo que algunas personas podrían pensar, no me considero un tipo muy sociable. Tampoco creo tener tantos amigos como parece, pero no es por falta de personas con quienes compartir la vida, sino porque me resulta difícil abrir mi corazón de par en par a los demás. Soy un introvertido que se disfraza de sociable cuando tiene que hacerlo, pero ante la menor provocación, vuelve a la comodidad de su interioridad. 

Y creo que, sabiendo cómo soy, una de las razones más poderosas por las que creo en la amistad es que me he sentido aceptado por otros así. El 90% de las veces no sucede, claro. Cuando las personas conocen mi lado más taciturno y melancólico, se marchan, o me presionan para que “no esté triste y me anime”.

Es un milagro si alguien comparte el silencio conmigo, o si es capaz de aventurarse en mi laberinto interior sin rechazarme. De ahí que sea tan “selectivo” con las personas a quienes le muestro por completo el corazón. Esos milagros con nombre y apellido son el puñado de amigos que tengo. 

Concluyo, querido lector, con una sincera disculpa porque alguna vez (o más veces) te he lastimado con mi forma de ser. A veces, mi lengua es mordaz y te he herido. A veces, te he tratado con una condescendencia que refleja sólo mi pobreza interior. A veces, he mentido para no verte o he llegado tarde a nuestras citas. Perdona por la vez en las que te haya dejado esperando mi llegada. 

Gracias, infinitas gracias, porque tú has querido quedarte a pesar de mis desvaríos y mis defectos. Incluso me has trasnformado con el poder tu cariño y tu compañía. Gracias por confiarme tu mundo interior y sus recovecos. Siempre vives en mi corazón y mi oración

Un abrazo fraterno y agradecido.