Hoy he sido bendecido con la participación en su boda, amigos míos, y todo cuanto he visto y oído me ha mostrado la gran oportunidad con la que comienzan este camino. Hablo de esperanza y de fe, de Gracia y Fidelidad, manifestadas en los pequeños detalles.

Me queda muy claro que hubo muchas cosas que no se dieron como habían sido planeadas, que incluso la madre naturaleza puso a prueba la capacidad festiva de todos los invitados, y la de paciencia y alegría en medio de la prueba para los dos. ¿Qué ocurrió? ¿Cómo lo vivió cada uno? Hoy lo ignoro, pero espero que haya sido una valiosa lección: saber simplemente que nunca sucederá como lo planeaste porque no todo está en tus manos. ¡Pero atención! En la capacidad de la flexibilidad que acoge la prueba como una oportunidad especial, que se hace propia para crecer, está el secreto para estar siempre abiertos a la Gracia de Dios que vive a nuestro lado y camina con nosotros.

Estoy seguro de que cada uno tenía mil y una expectativas sobre este día –y sobre toda la vida que los aguarda– así como que pocas fueron cumplidas al cien por ciento. Así será casi siempre, espero que comiencen a aceptarlo y a sonreírle a esos momentos que decepcionan, que asfixian, que confunden. La vida juntos no es lo mismo que la vida unidos. En la vida juntos las expectativas van en paralelo, pueden o no cumplirse, pero siempre queda un espacio para desquitarse después, para conseguir lo que yo quiero por encima del otro –quien se ha vuelto mi competidor. En la vida unidos las expectativas caminan entrelazadas, creando una expectativa compleja, que poco a poco se va conociendo mejor: en la medida en que reconozcan sus propios deseos, los verbalicen y hagan lo posible por saber negociarlos, podrán estar dispuestos para que las expectativas del otro se entrelacen. Hay, por tanto, que renunciar a uno mismo para poder darse uno mismo y recibir amorosamente al otro. Llegar, en la medida de lo imposible, al queremos. Cuando se tengan el uno al otro para consolarse y recibirse en medio de la frustración, podrán mirarse a los ojos cada noche y decir: te pertenezco porque en tus ojos está mi hogar.

Sé que esto suena más fácil dicho que hecho, pero sé también que es posible porque lo he visto en muchas parejas que me edifican con su lucha diaria, con su búsqueda del amor auténtico, de la pasión que consume las iras y los egoísmos para transformarlos –como  en un crisol– en nuevas personas: hijos de Dios. Creo que ustedes también han visto esos casos, que los miran como ejemplos de vida. Pero ¡atención! Sólo ustedes serán capaces de encontrar su camino. Es necesario pedir ayuda: para aprender técnicas, adquirir herramientas, comprender mejor quiénes son y quién es el otro, para verbalizar aquello que siempre nos ha causado ira, temor, rabia, resentimiento, duda, confusión… y también amor, gratitud, humildad, alegría, paz… Los lenguajes se irán volviendo una sola lengua y el amor rompe todas las barreras cuando somos capaces de entregarnos con plena confianza. ¡Que siempre haya confianza entre ustedes para mostrarse amorosamente y acogerse con profunda gratitud y gentileza! ¡Esto lo construirán sólo ustedes, paso a paso, amorosamente!

A todo esto me refería con dejarse mirar por Dios, a dejar que su sueño y el tuyo se conviertan en nuestro sueño. Cuando Dios está en medio de nuestras relaciones, éstas toman un nuevo modo: ¡pero este modo exige que nosotros neguemos lo que siempre habíamos hecho! Es un reto nuevo, doloroso, una prueba de noche oscura que tiene como promesa una persona nueva. ¡Ojalá que su matrimonio sea una continua resurrección que los prepare siempre para vivir según la vida eterna; la vida que Dios ha soñado para ustedes desde la eternidad! Los quiero mucho y estaré siempre para ustedes: tienen mi compañía y mi oración siempre.