Para todos aquellos que recuerden esta famosa historia.

¿De donde vienen nuestros fantasmas?, aquellos recuerdos que, a pesar de su lejanía o de su falta de materia, nos atormentan a veces contra nuestra propia voluntad. Lamentos venidos de gargantas perdidas que se retuercen en abismos insondables y que, sin embargo, nos ponen los pelos de punta y nos paralizan.

Hay temores así, infundados, insulsos. Somos unos tarugos cuando nos escondemos debajo de la cama porque el “coco” nos va a comer. El coco del fracaso, de la caída, de la burla, de la incertidumbre, del dolor, del desamor, del rechazo…. tantos “cocos” a nuestro alrededor. Pero somos más sonsos aún cuando increpamos al clóset.

¿has visto ese comercial de Vive Sin Drogas, donde una muchacha habla sola por el efecto de la droga? Bueno, pues imagínate que así de inconcientes estamos. Le armamos una milonga a terceros que nada tienen que ver con nuestros miedos. O que sólo fueron detonantes en una acción que llevaba mucho tiempo germinando en el corazón del hombre. A fin de cuentas, nos lanzamos al combate sin saber que primero debemos ser dueños de nuestra propia existencia.

Y los fantasmas se sienten halagados cuando se le conceden semejantes honores. Tanta atención que merzca palabras dirigidas exclusivamente a ellos: ¡uy! Eso es tener caché, prestigio, poder seguir vigente a pesar de los siglos y la distancia que media entre los muertos y los vivos. (Aunque a veces no sabemos quién es quien)

Un hombre bueno dijo: “no le deis de comer al diablo”. Yo creo que la cosa va por ahí. Entre más caso le hagamos al “coco”, más poder tendrá sobre nosotros el infundado miedo: un abstracto imverbe al que le damos una omnipotencia y omnipresencia que no le corresponden. Mejor será entenderlo, ayudarlo a ser superado, a encontrar su camino a casa y vernos a nosotros mismos como somos.

Ya bien lo decía el antiguo oráculo de Delfos… ¿no es así?