Esperó tener un hermano con todo su corazón. Tres veces falló el presentimiento y el deseo se frustró con la crueldad que la vida -aparentemente- la ha tratado desde entonces. Pero a fin de cuentas ella no perdió la fe y el Señor escuchó su plegaria. Tenía 13 años cuando yo vine al mundo y los dos fuimos felices: Yo, de estar vivo; ella, de tenerme ahí. Pero, ¿Quién es esa mujer que llamo hermana?

Nació el 29 de abril de 1971, pero fue registrada como nacida el día del Niño. Y desde ahí se firmó su destino para que su inocencia y candor no se perdieran más. Vivió la primera etapa del matrimonio de mis padres: las luchas, los cambios sociales de la década de los ochenta en el magisterio, los viajes incansables por el sur mientras se establecían. Mis padres trataron de hacer lo mejor posible con ella, eran padres primerizos y ella tuvo que cargar con muchos de sus aprendizajes por la vía del ensayo-error.

Durante un tiempo se vio en la necesidad de vivir en casa de mis abuelos paternos. Algo no funcionó con la relación entre ella y mi abuela. No sé exactamente cómo o qué fue; pero mi hermana no alberga muchos recuerdos felices de aquellas épocas. Acaso lo más agradable sean los momentos en los que, con mi padrino Benjamín en la guitarra, cantaba “Yellow Submarine”.

Cuando vino la época del despertar, la transición fue dura para madre e hija. Mi madre tenía un carácter recio, templado; y mi hermana probó su poca docilidad adolescente. Este choque tendría, a la larga, extensa influencia en el desarrollo de mi hermana como madre. Cuando terminó la secundaria no quiso estudiar el bachillerato.

Luego de un tiempo estudiando en Miahuatlán, mi madre le pidió que fuera a Oaxaca para estudiar secretariado. Ese periodo cambió su vida completamente.

Una joven alegre, bondadosa, generosa y febril ante una ciudad que -eran principios de los 90’s- ofrecía muchos más horizontes que el pequeño lugar que Miahuatlán era: ése puede ser el retrato de mi hermana a sus 18 años. Conoció a un muchacho en un baile, se llamaba Roberto y -tal vez- el flechazo fue inmediato.

Después de tres años de noviazgo y un drama familiar que quebró a mi clan, se casó en el pueblo en agosto de 1992. En octubre del año siguiente nació su hija. Lendy vino a colmar un proyecto de vida que mi hermana había trazado desde tiempo atrás. Con todo y las irregulares situaciones que su antiguo clan podría haber visto, ella era feliz en aquel nuevo ambiente.

Pasó un tiempo y, aunque las asperezas no se limaron, la familia de mi hermana vino a vivir con nosotros en la casa de Oaxaca cuando yo vine a la prepa. El experimento duró hasta que yo me fui al seminario. El día en que mi sobrina hizo su primera comunión, mi cuñado decidió que era mejor que estuvieran en casa de su madre. Ahí han estado desde hace ya casi seis años. Su matrimonio aún no se establece por completo, hay muchas carencias, tal vez haya heridas que sólo ella conozca.

Ante todo, mis padres -yo mismo- han mantenido una actitud de respeto, una distancia como la que un niño pone entre él y una olla caliente después de haberla tocado. Todos hemos sufrido suficiente, no queremos poner más heridas en un cuerpo que tal vez no las resista. Muchas cosas en nuestra relación penden de un fino hilo, mejor no moverle por ahora.

Hoy le hablé para felicitarla por su cumpleaños. Se mostró hermética. No sé bien qué hacer, qué sigue. Ella cuenta con mi apoyo, pero si no lo pide, ¿qué caso tiene? Ya vendrán otros tiempos, es lo que siempre me digo cuando pienso en ella.

(La foto se tomó el 6 de marzo pasado)

Por lo pronto. Ella es mi hermana.