¿por qué estoy aquí?

De todos los sitios posibles donde mis pies han caminado y mis manos han tocado, de todos los lugares donde mis ojos se han posado y a los que mis oídos se han abierto, de todos los espacios que he saboreado estoy aquí. Sin mayores pretensiones, realmente… con la mayor tranquilidad de quien sabe que está donde debe, donde sus decisiones lo han conducido, donde la felicidad prometida se asoma como un proyecto que invita y me ilusiona (todavía)
No tengo una imagen de mí mismo como escolapio, al menos no una concreta, al menos no como solía hacerme imágenes de mí mismo, al menos no en la mente sola. He venido hasta aquí para descubrir y esculpir poco a poco esa misma imagen, pero no como lo que se adora y se espera conservar siempre, sino como el eterno trabajo de éxodo continuo. Ahí está mi paz, en saber que vivo en constante éxodo, salir, vivir en una tienda que hoy está aquí, pero que mañana tendrá otros derroteros, que Dios sostiene mi andar y me asombra con cada experiencia fresca de cada día. No siempre es fácil vivir así, nómada. Para mí, pues, ser escolapio es vivir en éxodo, siempre en la senda con los que andan y nos han sido confiados, no por méritos propios, nosotros hemos sido llamados por Amor a caminar, a acompañar.
Libres para amar. El camino es difícil precisamente porque el mundo espera que seamos sedentarios, que nos apeguemos a un lugar y un modo de vida especial; que digamos que somos felices haciendo, no siendo; que todo sea relativo y nos contentemos con tener lo que nosotros creemos es bueno, digno, valioso, indispensable; que dejemos al tiempo, a la rueda de la vida, al karma, al destino, a “dios” que se encargue de aquello que está más allá de nuestra pequeña área de confort. Todo eso nos vuelve sedentarios, atados, esclavos… Nuestro llamado es a la Libertad. ¡Cuanto puede doler la libertad!
Estoy aquí. Vivo el momento. Experimento el Amor infinito de Dios en muchos detalles de mi vida cotidiana, y anhelo poder vernos como Él nos mira. Me siento llamado a esta libertad que desgarra el corazón para expandirlo, para entregarlo por completo. Me sé en un proceso que poco a poco revela lo que Dios quiere de mí. Voy caminando agradecido por la gran cantidad de dones que he recibido. Creo haberlos recibido para cumplir un servicio, pero las formas de esa entrega son siempre flexibles, diversas, inesperadas incluso. Dios me abruma con todo este Amor, me apabulla, me rodea, me sostiene, me invita, me arroja al vacío y me pide que suelte la mano de los ídolos que me he ido fabricando con el tiempo…
He tomado una decisión.