Diaconía III

¿Cómo estás después de un mes?

¿Te sentiste nervioso?, me preguntó uno de los chavos de Casa Hogar Dos. Se refería a las emociones del día 27 de enero. Hace un mes de eso y me sigo sintiendo nervioso, alegre, agradecido, sorprendido y esperanzado.

Me da nervios, pero no ansiedad. Tengo nervios porque sé que las palabras que digo y los gestos que hago son vistos por mi comunidad. Pienso en los niños que vienen a la catequesis, en sus papás y mamás, en los rostros familiares y amistosos de todas las personas de la capilla y la parroquia… me estremezco porque cada día voy haciendo mía esta responsabilidad con más conciencia. Mis nervios están ahí para recordarme la gravedad y la grandeza del servicio, del ministerio. A veces pregunto: ¿qué palabras necesitan estas personas escuchar? Los miro a los ojos y los voy escuchando, para poder responder a esas inquietudes del corazón que busca sinceramente a Dios.

Diácono

¡Uno nunca deja de ser diácono!
Pedro Aguado Cuesta, Sch. P.

Me llena de alegría el corazón tener la oportunidad de compartir con todos ellos. Creo profundamente en las comunidades pequeñas, alegres, sencillas y amorosas; esas que luchan todos los días por ser mejores, porque la vida florezca en medio de todas las oscuridades y los miedos. Sé que no tengo palabras y gestos suficientes para lograr expresar esta creencia, pero sigo intentando animar y comunicarlo diariamente. Con los niños, en nuestros juegos, el entusiasmo y las sonrisas; con los jóvenes, en la oración sencilla y silenciosa que busca con manos extendidas y se deja encontrar con esperanza en el corazón; con las catequistas, con la Palabra de Dios que siempre nos enseña a ser mejores para nuestros pequeños; con los prenovicios, en la escucha atenta y compartir de experiencias cotidianas; con las personas de buena voluntad y gran corazón que cada mañana se levantan para alabar a Dios. Todos ellos me susurran una verdad tan maravillosa y gratuita: «tú eres mi hijo Amado, el elegido».

¡Cómo podría agradecer al Señor esta bendición, esta vida! Su amor derramado en tantos detalles cotidianos, y la libertad que me regala para reconocer esa bendición y compartirla con todos. Estoy vivo y siento tantas cosas… la constante actividad de mi mente y mi corazón, la incesante inquietud de mis manos y el empuje corajudo de mis sueños están en línea con esa gratitud. 

A tanto amor vivificante sólo puede responder el amor entregado con alegría. ¿Dónde más? ¿Qué más falta? ¡Tanto se necesita! Quizás es el entusiasmo febril de un primer mes, alguien podría decir. Sin embargo, hoy reconozco que la raíz de mi inquietud se halla más honda: experimentar que soy amado y soñar con que todas las personas pudieran encontrar esa verdad escrita en lo más hondo de su corazón, con la mirada limpia de miedos, de culpas, de vergüenzas… ¡Y que se llene su vida de risas, alegría y gratitud ante tanta sorpresa!

Dios hace siempre todas las cosas nuevas, no cesa de sorprendernos. Ha salido a mi encuentro últimamente a través de las personas de la parroquia y la capilla. Este cambio no lo pienso “ontológico”, ni “social”, ni “moral”… el cambio que construyo está en sus ojos porque reflejan el amor que les tengo. Las personas me acogen, me animan y me exigen. Sus palabras y gestos me recuerdan la gran responsabilidad y el mayor don que he recibido para ¡celebrar la Vida y el Amor junto a ellos, y buscar la justicia y la paz en el corazón de cada ser humano! Sigo creciendo en la comunidad; me asombra cómo Dios sigue tejiendo mi historia con sus manos, entrelazando historias llenas de la riqueza de la vida: el dolor, la amargura, la ausencia, la culpa y el miedo unidas con la alegría, la esperanza, el amor y el consuelo. Me sorprende lo que llego a escuchar, a veces con mucho dolor, otras con gozo. Al final, espero que el buen Dios siga saliendo al encuentro de estos hijos suyos a través de esta pequeña excusa.

Porque al fin de cuentas, si hay algo que siento profundamente en mi corazón es la esperanza. Todavía no he llegado, todavía no alcanzamos el potencial de amor al que estamos llamados, todavía no vivimos la entrega total a la Voluntad del Padre. Por ese «todavía» es que todo lo que hacemos adquiere un sentido hondo. Me experimento enviado de un Reino que está en medio de nosotros, pero todavía no ha llegado en su plenitud. Esta construcción que pasa por mí, pero ¡gracias a Dios no termina en mí! El corazón se me llena de esperanza cuando escucho que hay niños entusiasmados por desarrollar su relación con Dios Padre bueno y amoroso; que hay jóvenes inconformes que proponen nuevas formas de construir sus relaciones con los demás, con Dios, consigo mismos; que hay hombres y mujeres de buena voluntad que hacen el bien y puedo contarme entre ellos, trabajando codo a codo con ellos desde mi trinchera.

¿Para qué soy diácono? Creo que para comunicar esta alegría que bulle en mi corazón, esta esperanza que dirige mis esfuerzos, esta gratitud que pone mis pies sobre la tierra, esta fe en que algo muy grande pasa en nuestros corazones todos los días, este amor que he recibido para compartir, entre los nervios y la sorpresa. Me siento como aquellos discípulos que reciben el pan bendecido por Jesús para darle de comer a una multitud que Lo sigue a todas partes. ¡Qué alegría ser uno de los amigos del novio!