Morir y renacer… dejar toda la vida cada día, un día… para que alguien más viva a través de la entrega que hacemos sin escatimar. ¿Es posible? ¿Vale la pena? Yo digo que sí. 

Mas hay ocasiones en que tenemos que decidir, un segundo solo, entre seguir por donde vamos o cambiar el rumbo. Cada elección implica renunciar a más de un millar de opciones, dicen por ahí. Yo creo que siempre tendremos que elegir entre dos opciones concretas a lo sumo, lo demás es territorio del “hubiera” y los fantasmas. ¿Cómo hacer para no tener fantasmas y tardes melancólicas donde se extraña aquello que nunca se tendrá? Ciertamente no lo sé. Hoy creo que los espectros estarán allí y debemos hacernos sus amigos, tolerar sus estocadas y aprender que su espina puede doler, pero no debe alterar quienes somos, ni a donde hemos decidido ir. 
Creo también que nuestras elecciones terminan afectando más de lo que pensamos. Sin querer entrar en la paranoia de un universo plagado de realidades alternativas, puedo decir que lo que hacemos va tocando el mundo más allá de los límites de nuestra comprensión. Somos parte de algo mucho más grande, algo que nos rebasa y que espera por nuestra decisión… la vida es un tejido mucho más complejo del que comprendemos. Somos un hilo en esa trama y nuestra presencia es vital aunque a veces parezca lo contrario. ¿Qué sería de nuestra vida sin las personas significativas que Dios nos ha regalado? ¿Pensamos en lo grande que es nuestra vida para otros hermanos? ¡Qué compromiso, qué compromiso! 
Al decidir rompemos el paradigma de nosotros mismos o lo reafirmamos. En cualquier caso, hemos de morir para vivir. Morimos a una vida por escoger aquella otra que, sabemos dentro de nuestro corazón, nos está destinada para alcanzar la felicidad que muchas veces resulta más huidiza y metamórfica de lo que calculamos. Nuestras muertes nos permiten vivir y seguir en su busca. Así, estoy contento de la muerte que tengo delante, muerte que es conducto de vuelta a un sueño perdido. Es curioso, con esta muerte rompo y reafirmo el paradigma de mí mismo a la vez. 
Estoy contento y tranquilo bajo la tormenta.