Estudiar teología ha sido como sacudir un árbol en otoño y dejar que las hojas vayan cayendo poco a poco. A veces salgo de clase con más preguntas que respuestas. Cada sesión se convierte en una pequeña mina, a la que puedo sacar poco a poco un cachito de riqueza cada vez. ¡Pero cuánta roca hay que quitar! Incluso hay ocasiones en que la clase se torna tediosa, complicada, o simplemente me empantano porque el profesor tiene una concepción “única” del tema (casi siempre rígida y conservadora) A final, acabo diciéndome a mí mismo que estos estudios pueden ser apasionantes porque cuando terminan las clases viene la práctica. No es lo mismo estudiar algo teórico o retórico, a mirar esos mismos contenidos buscando su aplicación en las actividades de pastoral que nos corresponde realizar. Así, la teología adquiere una dimensión viva, con rostro y nombre, de un Dios que se hace presente e interpela todo lo que “habíamos conocido” de “dios” en otros tiempos. Por eso, cuando llega el final del día, puedo ver en el suelo de mi existencia una o dos hojas más, que se han desprendido del árbol de mi conocimiento, dejando lugar en la copa para otros verdes, más tiernos, felices y dolorosos.

Tal vez haya que pasar por el invierno. Hay palabras duras y uno a veces comprende que aquello que creyó y que defendió no es necesariamente tan “cierto” o “justificable” como uno pensaba. Ahí no queda mucho que hacer. Puede rebelarse ante el dato de las investigaciones o las interpretaciones que se hacen de la Escritura y la Tradición, o puede simplemente comprender que en el camino de nuestra Iglesia, ésta ha vivido según su tiempo y comprendido su misión de distintos modos, sin que por ello haya sido infiel necesariamente. Otras veces, simplemente se alejó tanto del camino, que causó los mayores y más dolorosos escándalos. Ni hablar, como dijo mi hermano Balta, “unas veces es Madre y otras, Madrastra”. Cuesta mucho reconocerlo y aun más darle su valor, su sitio, en medio del concierto de voces que se alzan cada mañana en el aula. ¡Las distintas versiones de la Iglesia que nos toca escuchar! De ese multiforme bicho hay que armar el nuestro, con retazos de aquí y de allá, nutridos de la experiencia que nos reta y nos señala caminos, siempre con esperanzada creatividad.

Ya vendrá la primavera con retoños saludables y vigorosa fuerza. El periodo de prueba da tregua por momentos y nos permite respirar y mirar cómo, donde antes había pérdida, hoy “los carriles del Señor rezuman abundancia”. Sabiendo que esta renovada ilusión tendrá fuerza porque se sostiene en nuestra tierra y va siendo regada por la generosidad de Quien –supongo– se alegra de que vayamos caminando en este proceso de reflexión y admiración constantes. Dios parece estar en una dialéctica constante: un misterio que se nos revela, por un lado, y una revelación hecha de forma misteriosa, por el otro. Así vamos, con el gozo de pequeños chispazos, encuentros fugaces que nos dan luces en el camino y nos animan a seguir adelante. Presencias silenciosas constantes que de pronto se vuelven claras como el día y nos infunden confianza y alegría. Vamos también con la dolorosa ausencia que acucia. El hueco que nos permite descubrir a Dios en negativo, en la profundidad insondable del silencio de Quien parece esperar nuestra respuesta. A veces llueve en primavera, a veces nos llegan vientos de no-sé-dónde y ponen a prueba los pequeños retoños que han surgido de nuestra tierra.

¿Cuándo recogeremos los frutos del verano? ¿Cuándo vendrán la siega y la cosecha? Los verdes campos cargados de inocencia y frescor van madurando a medida que el sol cala sobre ellos. Un día, sin que lo esperemos –Omnipotencia es también Sorpresa– sabremos que algo de nuestro andar se ha ido regando por el camino y nutre también: ¡inundados de alegría miramos cómo nuestra vida se ha hecho “ofrenda permanente”! ¡Cuánta alegría saber que Dios ha hecho su obra en nuestra frágil arcilla! Los frutos que se van recogiendo al avanzar la vida, tal como los del manzano aquel, se van haciendo dulces, mejores, más sanos y sabrosos. Poco a poco, estación a estación, paso a paso… porque “en las cosas de Dios no conviene andar con prisas”.

Miramos otra vez, y recordamos cómo era estudiar Teología. Sacudimos el árbol y nos percatamos que, después de todo, siempre queda alguna hoja seca por caer, algo nuevo por nacer, crecer, fructificar. Nosotros somos los peregrinos de este mundo en que el nuestro obrar se transmuta en recuerdos, y soñamos con poder alcanzar algún día esa Sabiduría que nos sigue llamando a cada paso a ser felices en el amor total, libre, honesto, sin reductos. Hasta ese día, seguimos en camino, estación a estación.

Entonces, creo, nunca dejamos de “estudiar Teología”.