En el contexto de oscuridad que existe en nuestra ciudad de Celaya, nos arrebataron un chico de 15 años hace poco. En la misa de exequias, donde despedimos su cuerpo y encomendamos su alma a Dios, tuve la oportunidad de compartir esta reflexión con las personas de la comunidad. Te la comparto. 

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Hoy nos reunimos aquí para una de las despedidas más dolorosas y terribles, es verdad, pero también queremos encontrar consuelo en Aquel que, afirmamos con fe, es la única fuente de la vida. Sabemos que los caminos de Dios son –nos parecen– desconocidos. Ante un hecho trágico y doloroso, cabe preguntarse ¿qué pasó con Dios?, ¿falló?, ¿no nos auxilió?

En cada padrenuestro que rezamos por nuestro hermano ayer, por la tarde noche, dijimos al Padre: hágase tu voluntad. Hoy te quiero asegurar y decirte: esto no fue voluntad de Dios de ninguna manera. Dios nos ama profundamente y desea que nosotros nos amemos con ese mismo amor intenso, puro, poderoso y fecundo. Dios nos regala el don de la vida porque nos quiere vivos: que experimentemos esta vida con dicha, con dignidad, con libertad y cerca de su corazón. Dios quiere que aprendamos la Verdad, para seguirlo por el Camino de la Vida, hasta la mansión que preparó para nosotros en el cielo. La voluntad de Dios es que la vida habite en nosotros para siempre.

No es voluntad de Dios que sus hijos sean arrebatados de este mundo y hoy, les aseguro, que a él también le duele todo esto. Le dueles tú, que lo cuidaste desde pequeño y le diste todo lo que fue posible para que no le faltara nada. Tú, que sostuviste su mano en las enfermedades y que lo animaste en los pequeños triunfos al ir creciendo ante tus ojos. Le dueles porque él también compartió contigo todos esos momentos, con la fuerza vital que crecía en el pequeño y que se desarrollaba para llegar a ser un hombre maduro. Hoy, habrá quienes te digan que no llores, o que lo dejes descansar. Por favor, no reprimas las lágrimas. Ellas expresan lo que las palabras ya no pueden, ellas limpian tu corazón y brindan calma a tu alma; sin ellas, el dolor que ahora sientes no puede sanar. Deja que Dios llore contigo, que sostenga tu mano y limpie tus lágrimas porque él te ama y no te va a dejar sola en esta oscuridad.

A Dios le duele y le conmueve la tristeza de amigos y familiares porque sabe que el amor, el cariño, se expresa de muchas maneras. Tu presencia aquí es un signo de que Dios no nos desampara en los problemas y angustias de nuestra historia. Estamos unidos como comunidad en las más difíciles porque el Amor de Dios nos ha tocado el corazón y nos inspira a estar presentes. Algunos podrán decir que se trata de un elemento solamente humano, pero nosotros creemos que todo lo que es humano tiene relación con Dios porque somos sus hijos, hechos a su imagen y semejanza. Él desea que todos sus hijos se amen como él nos ama.

Y porque es también su hijo: a Dios le duele que lo hayan arrebatado de esta vida. Le duele nuestro hermano porque cuando fue concebido, el Padre de Jesús también tenía un sueño para él, y una misión. Y aunque parezca que la relación con Dios se pierde a lo largo de nuestra vida porque nuestras acciones no siempre siguen sus mandamientos, la alianza del amor de Dios es para siempre. No estamos aquí para juzgar a nuestro hermano porque eso es obra de Dios, estamos aquí para agradecer por su vida y pedir por él a Dios Padre: él no quiere que se pierda ninguno de sus hijos en lugares de oscuridad y muerte.

Por eso confiamos en que el dolor de Dios no se quedará en algo impotente. Él es Padre de misericordia que hará de estas circunstancias tan dolorosas un camino hacia la paz. No hay paz sin justicia, confiamos la justicia a la mano de Dios también. Si confiamos en la justicia de Dios, que es misericordia y perdón, podremos encontrar el modo de perdonarnos de todo lo que nos acusamos ahora, pues Dios nos perdona y nos ama. No hay paz sin consuelo, así hoy decimos: Padre, levanta a este niño y llévalo de tu mano, para que nuestro corazón herido pueda contemplarlo en tu paraíso, para que podamos todos descansar en la paz que tú nos has prometido; ¡hágase Tu Voluntad!