Fue algo agotador el domingo, pero lindo. Festejamos a mi madre por adelantado, pues ayer fue su cumpleaños. 62 años bien vividos, sí señor. Y ya imaginarás todo el movimiento, en la mañana con mis tíos Chomo, Tere y Marina; en la tarde con mis amigos del coro y las “mañanitas” de rigor. Sin descuidar, claro está, las obligaciones de todos los domingos, a saber: misa a las 12 en San José, misa a las 7 en la Soledad. Por eso fue un domingo agotador.

 

Mas como te decía, fue lindo. En la mañana, a las 8 llegaron mis tías Marina (desde Miahuatlán) y Teresa para desayunar con mi madre. Es tradición entre los miahuatecos que el día del cumpleaños se desayune con la festejada, en este caso, pan de yema y chocolate; si se pueden añadir unos tamalitos, pues son bienvenidos. Así, mi madrina Marina trajo el pan, nosotros pusimos los tamales y el chocolate lo hizo mi tía Tere. Sin embargo, no nos sentamos a la mesa hasta que llegara mi tío Jerónimo (Chomo) con su esposa, de nombre Teresa, también. Eso sucedió hasta las 9, según habían acordado previamente mis tías con él.
Mientras tanto, platicamos y tomé algunas fotos.

 

El desayuno fue opíparo. Además, mi tío me trajo unas fotos del cabo de año de mi abuelita. En una de ellas estoy con mis dos primos: Manuel y Guillermo (Memo) ; en la otra, mi madre sentada en una cama. Después del desayuno llegaron mi prima Dulce y su novio, desayunaron y siguió la plática. Mientras yo redactaba la traducción del artículo de Joan Chittister. (Por cierto, comenten, comenten)

 

Luego vinieron las fotos, oficiales y no tanto, del recuerdo. Ya sabes, que fulanito con sutanita… o todos… y las que yo llamo “mías”: Dulce sacándose el moco, mi tía sopeando el pan.. etc. (no, no las enseño)

 

La misa, pues no tocamos. Habían contratado a otros monitos. Entonces asistimos como parte del pueblo del Señor, expectante ante el super-cura!!! (perdón por el sarcasmo) Después de misa, pasé a saludar a Columba a su trabajo-martirio; me dijo que no podría ir y pues.. ni modo. “A veces no se puede”, pensé. Ah que lejos estaba de la verdad. Volví a casa y fui con mis padres por el pastel después de comer.

 

Y nos dieron las tres, y las cuatro, y llegó mi hermana. Mi madre no sabía que ella estaría presente, así que la escondimos mientras ella se metía a bañar. Pero dieron 4 15, y nada… Los chicos del coro no aparecían. Doña Lolita salío del baño, se vistió y nada. Llegaron unas ‘amistados’ de mi padre y ya iban a empezar a cantar las mañanitas. Comprenderás mi enojo y sorpresa. No había más… había que actuar: salí con mi hermana y cantamos lo mejor que pudimos con las hermosas voces que Dios nos dio. (ja, ja, ja)

 

Por fortuna, no pasó mucho tiempo antes de que llegaran mis hermanitos del coro. Cantamos, partimos (bueno mi madre partió) el pastel y sopló su velita. Mi padre le cantó dos canciones, según palabras de mi madre: “por primera vez en su relación”. Luego del pastel, canciones divinas y un poco de relajo y algo de curado de capulín tuvimos que irnos. La misa de la siete nos esperaba y teníamos que llegar a tiempo.

 

La misa tranquila. El canto de entrada decidimos cantar Gera y yo, el que teníamos listo para la mañana. Y lo demás, siguió tranquilo, como en un vals acompasado. Después de misa, cenamos en San José, unas quesadillas deliciosas y unos platanos fritos que, aunque chicludos, calmaron la panza. Ruth dice que los plátanos estaban así porque los cortaron verdes; yo la verdad no sé nada de plátanos fritos, más que saben rico.

 

Y el día del cumpleaños fue menos brillante. Me levanté para cantarle sus mañanitas, pero luego tuve que salir a inscribirme. Ahí se me fue toda la mañana. Entre burocracias y un poco de desorden, en fin. Estrené al pequeño libro mío, lo cual fue maravilloso. Luego llegaron los cuates, los saludos y toda la parafernalia que puedes predecir. Formalmente inscrito, volví a casa para la comida. Después de comida fui con Memo a ver unos talís para guitarra. No nos gustó ninguno, volví a casa.

 

Entonces pasó… sí, el terrible designio de los dioses idiotas del estadio… ¡por qué! No sé. Perdí mi cartera. Así como lo lees, la perdí amigo lector. Por estúpido, porque no la guardé en el pantalón, porque me quedé dormido, porque Alá lo quiso. Ja, ja, ja. (ok, no jugaré con el Dios de los hermanos musulmanes, me disculpo) El caso es que perseguí el camión y de nada valió, o más bien sí: “ya valió”. Bueno, y tras la correspondiente reconvención en la cena declaré muerto el asunto. Me enojé mucho, pero ya me he calmado; las palabras de una amiga me ayudaron a ello. Gracias, princesa.

 

Y ya, me brinqué mucho del sudor y las lágrimas, la sangre no la hubo. El caso es que gracias a Dios mi madre está con nosotros, dando batalla a sus sesenta y dos años. Ahora se deja apapachar mucho más, y cada día que pasa la reblandece más, mira al horizonte sabiéndolo más cercano a cada paso; pero se niega a llegar hasta que no se cumplan ciertas condiciones. Ella es un motor para mí, una razón para poner el empeño en mi andar, un ejemplo que me dice que la vida vale la pena ser vivida, un desafío con sus ojos y su palabra. Ocupa un lugar muy importante en mi vida, la quiero más de lo que le he dicho, pero ella conoce mi corazón porque lo vio formarse dentro de su ser, lo alimentó y lo sostiene hasta el día de hoy.

 

Gracias, madre. Dios te bendiga siempre. TE AMO.