Cuando era niño, pensaba y actuaba como niño… (1 Cor, 13, 11ss)

Sin meterme en asuntos teologales, ni filosóficos.

Hoy, hablando un poco con una amiga, le comentaba que la vida es un proceso en el que el ser humano no acaba de estar listo. El autoconocimiento es un camino largo y -en mi opinión- interminable. Las circunstancias que nos rodean influyen mucho en nuestras decisiones cotidianas, hay tanto que nos bombardea y nos deja apertrechados tras una cortina de humo. Perdemos la identidad de quiénes somos y a dónde vamos.

Creo que al irnos descubriendo traemos más interrogantes que respuestas. Somos un misterio casi insondable. Había un religioso que nos decía: “somos un microcosmos”. Es cierto que bajar a las profundidades que nos constituyen es un esfuerzo enorme, más cierto aún es que no descubrimos el fondo, no importa cuánto nos adentremos. Nuestra riqueza interior está ahí, nuestros más oscuros y terribles demonios también; todo depende de hacia dónde queramos mirar.

Estoy en un punto donde el realismo me parece más agradable. (o menos lejano) La agitación se ha ido yendo y mi corazón permanece quieto, silencioso, intentando encontrar las preguntas fundamentales. El riesgo es el fatalismo (como ya una mujer hermosa me lo dijo) y su trampa de descabelladas conclusiones. Pero como dijo el señor Harrison: “with every mistake we must surely be learning”.

Y sí, esto (el proceso de auto-conocimiento) tiene sus tormentos, sus dolores, sus desiertos y amarguras; pero al fin, cuando después de cada tormenta llega la calma, el balance que nos deja es -por lo regular- positivo. El amor calma y agita las aguas para darnos la oportunidad que necesitamos. No hay que cerrarse al riesgo, aunque sea extenuante.

Sigo siendo un idealista y un soñador… a fin de cuentas uno no puede “negar la cruz de su parroquia”. ¿No es así, querido lector?