Ayer me llevé unas listas de alumnos que encontré por ahí a la oración personal… luego descubrí un tesoro impresionante que me dejó profundamente impactado.

En mi oración pedía al buen Dios por ellos, por los nuevos y por los recién llegados. Me lamentaba no poder estar ahí para saludarlos, en los pasillos y [sin caerme] atravesar el patio del cole. Terminé la oración y recorrí cuartos sin mucho rumbo, por una traviesa curiosidad.

En uno de ellos hallé unos archiveros y un librero. Es una bodega, en realidad. En el librero, llamó mi atención que hubiera solamente diez libros: una biblia, un devocionario calasancio y ocho libros gordos que solamente podía entender como liturgias de las horas. Al abrir uno de ellos, todo estaba en catalán y me llamó la atención. Hasta pensé: “me las llevo y rezo en la lengua de los fundadores de estas Escuelas Pías. ¡Qué interesante sería! Hasta podría ser un desafío”. Seguí pasando las hojas y me hallé el nombre del propietario, de su propio puño y letra: p. Salvador Vallés, Sch. P. Y yo, con el corazón acelerado pensé: “Son las liturgias catalanas de Chavita, del padre Chavita!”

El padre en cuestión es mi profesor de lengua castellana en el noviciado, hace 17 años. Un hombre de Dios. Íntegro, afable, sencillo, silencioso, trabajador, gran jugador de cualquier juego de mesa… Siempre recordado con amor por todos quienes lo conocimos. Un escolapio en el que no había doblez. Lo admiro.
Al lado de los cuatro tomos en lengua catalana, ¿qué había? ¡Los cuatro tomos en versión castellana! Era como si el tipo dijera, “Bueno, pues sí, no podemos estar siempre donde el corazón anhela. Pero ¿no crees que siempre puedes hablarle a Dios de tus anhelos? ¿Por qué no orar por ellos y dejar que tu corazón conserve sus nombres? Te acompaño.”