Cuando el grano de trigo muere

por Mar 19, 2018Dabarim0 Comentarios

La alianza que Dios ha hecho con nosotros es eterna porque se finca en su Amor y Él permanece fiel para siempre. Nos ha prometido que escribiría su ley en nuestros corazones y lo ha cumplido a través de Jesús. Desde el momento de nuestro bautismo vive dentro de nosotros la fuerza del Espíritu Santo, que nos ayuda a intuir la voluntad de Dios para nuestra vida.

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Escuchar esa voz significa estar dispuesto a morir, a entregar la vida por aquellos que nos rodean. ¿Qué aspectos de mí hacen sufrir a otros? Nos cuesta mucho trabajo saber renunciar a nuestros puntos de vista, a nuestras formas de hacer las cosas, a los malos hábitos o nuestros vicios. Pero ¿acaso no vale la pena el esfuerzo si eso nos ayuda a multiplicar la vida de los demás? Jesús nos ha dicho que es preciso entregar la vida para producir fruto. Cuando nosotros estamos dispuestos a morir a nuestras formas, la nueva vida que inauguramos multiplica la vida de los demás.

Escuchar la voz del Espíritu significa asumir que no todo será fácil en nuestra vida. Por un lado, vivir según los valores del Evangelio tiene sus costos porque va contra la cultura individualista y de descarte. Por el otro, en esta vida siempre habrá la posibilidad de encontrar dolor, tristeza, sufrimiento porque es parte del tejido humano. Podemos sentirnos acompañados por estos caminos difíciles cuando sabemos que el mismo Jesús pasó por momentos de sufrimiento en su vida, que Él nos enseña que el camino que nos lleva a la vida eterna contempla el sufrimiento como posibilidad de Vida porque Dios manifestará al final la alianza de Vida que ha hecho con nosotros.

La vida exige que levantemos la voz ante la injusticia porque así lo ha hecho Jesús. Él fue capaz de señalar que la estructura social de su tiempo necesitaba cambiar y sus palabras, gestos, actitudes y acciones fueron un recordatorio constante de que el Dios de la Vida desea que tengamos vida en abundancia. Esto nunca le gusta a los poderosos de esta tierra, quienes amenazaron la existencia de Jesús todo el tiempo, y en última instancia lo clavaron de la cruz. Seguir a Jesús significa ponernos siempre del lado de la justicia, de la dignidad de la persona, de la bondad y la justicia.

El sufrimiento no tiene la última palabra, el Dios de la Vida nos lo afirma. Lo sabemos gracias a que hemos sido testigos del sufrimiento de Jesús y de como el Padre lo levantó de entre los muertos. Así, nuestra esperanza es cierta y hallamos vida en medio del dolor, las preocupaciones, la tristeza o la angustia. Sin la experiencia de encuentro con Jesús, esa experiencia se vacía de sentido, pero con ella, el dolor adquiere un sentido profundo que comunica esperanza y vida. Entonces, quienes nos miran también pueden hacer suya esa esperanza: no todo está perdido cuando Dios camina con nosotros en medio de la oscuridad. ¡Así también multiplicamos vida!