¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo? No está aquí, ha resucitado.

Evangelio según san Lucas

24, 5-6

23.06.17 Camino de Santiago

«Zas, zas, dice Tamazulapan», solía decir cuando quería que las cosas fueran pronto, y bien hechas para no tener que repetir nada. «Ojalá que pudiera irme como se fue mi papá», solía decir, también; «aunque Dios no cumple caprichos ni endereza jorobados». En los últimos meses, sus fuerzas se fueron apagando poco a poco. Ella se fue dando cuenta de lo que pasaba y, como ha dicho uno de mis hermanos: «conocía hacia donde se dirigía su alma». Por eso, aunque nos fue preparando con sus comentarios casuales o con instrucciones precisas, nos tomó por sorpresa cuando finalmente sucedió.

Madrugada, dolor de cabeza, presión por los cielos, ambulancia, doctores. Todos los datos confirmaron que, después de todo, se concedió aquello que pidió: rápido, sin agonías largas, como en un sueño que paulatinamente apagó su respiración y el latido de su corazón. El llanto de mi hermana al mediodía reveló más de lo que ella misma quiso decirme: mi madre estaba en tránsito hacia la casa del Padre. A las siete y media de la tarde, en el hospital del ISSSTE que también vio partir a mi papá, una sencilla línea nos indicó que era hora de seguir adelante sin ella.

Su presencia se va convirtiendo en una constante a través de los recuerdos, de lo que nos decía, de cómo se comportaba, de su carácter, de las historias y las anécdotas cargadas de amor y de nostalgia. Su presencia se revela en cómo cada uno es capaz de acoger y vivir según toda esa sabiduría, ese legado. Su presencia también manifiesta el enorme hueco que todos tenemos en el corazón y que nada ni nadie podrá llenar jamás hasta encontrarnos en el abrazo del cielo. Dios va enmendando nuestros corazones, con paciencia, amor y tiempo. Así también podemos comprender su presencia como una mirada amorosa que nos acompaña con absoluta alegría, ya sin preocupaciones ni dolor porque sabe mejor que nosotros que todo es Gracia y que estamos en las manos del Padre. Así me lo sugiere el corazón en medio de mi tristeza.

Hubo una década de diferencia entre su partida y la de mi papá. Esos diez años fueron muy largos para ella, como si el tiempo mismo se hubiera congelado y algo del sabor de la vida se hubiera marchitado para no volver. Perdió al amor de su vida. Hoy lo ha reencontrado en el cielo. Juntos pueden ahora cantar al Señor y amarse eternamente como sólo Dios podría comprenderlo. De ellos tenemos mucho que aprender y es un orgullo, un honor, una alegría ser sus hijos porque nos han dado siempre todo lo que necesitamos sin escatimar, con amor y paciencia.

Una mujer que vivió una niñez feliz hasta los ocho años, en la casa que después ocuparía con su familia, en el barrio arriba. Con la tía Carmela, sus abuelitos Bartolito y Lina, sus tíos Vidal y Tiburcio. Creció en un Miahuatlán que ya casi nadie recuerda, pero que en sus labios sonaba cercano, dulce, pausado. Mientras mis abuelos Alejandro y Ramona trabajaban para mandar lo necesario para ella y José, mi tío.

Después, a cuidar de sus hermanitos. Al «chiple», como se le dice. Aprender de tía Chanita y tía Irene a lavar pañales y hacer la comida, servir de intermediaria entre su madre y su abuela, Mama Chú, a quien le debemos el nombre de «Lolín Lorosho» para mi madre. Esa abuela también la quiso mucho, con todo y los choques entre sus genios que, de tan iguales, siempre tuvieron algo por lo que discutir. Esa abuela que la apoyó cuando tuvo que echar a correr antes de los quince años y buscarse la vida.

La «maestra chiquita», le dijeron en Santo Domingo, el primer pueblo al que llegó sin saber realmente qué hacer como maestra. Aprendió pronto, no obstante. Estudió la secundaria y la carrera docente en el Instituto de Capacitación del Magisterio, que se ubicaba en el edificio anexo a la plaza de la Danza. Allí pasaba los veranos, sin descanso ni vacaciones, acompañada de mi abuela Ramona y el nene, o el chiple, o ambos. Su labor como profesora le llevó a recorrer caminos, por entre ríos, cerros, cañadas y valles. A caballo, a pie, en lancha, en avioneta… ¡Cómo brillaban sus ojos y vibraba su voz cuando contaba sobre el galopar de la bestia y el gusto que encontraba en aquella libertad de montar! Incluso levantaba su brazo en un gesto veloz y se mordía el labio.

«Yo no me voy a casar», le había asegurado a su mamá en más de una ocasión. No quería sufrir lo que ella había pasado. «Estaré loca», remataba contundentemente. Y en Roatina, a diez kilómetros de Miahuatlán, sucedió lo que nadie esperó. Llegó alguien de fuera, un normalista, con una orden de Oaxaca, a tomar la dirección de la primaria Francisco Sarabia. Mi madre era la directora de facto, y ahí mismo comenzaron los líos. Pero después de un tiempo, con paciencia, insistencia, ingenio, regalillos, recados, canto y risas, el maestro acabó por ganarse un sí de la maestra. 14 de febrero de 1969, una caja de bombones enorme.

Escapar, salir, irse lejos y no volver… eran ideas que más de una vez habían rondado su cabeza, pero el amor hizo que anidaran en el corazón. Ahí adquirieron poder. «Me voy contigo, güero», fue la conclusión de una charla y el comienzo de un plan que ejecutaron la noche del 23 de mayo del ’69. En la mitad de la noche, mi padre llegó con un amigo para cargar las cosas, el amigo custodió el taxi mientras ellos salían de casa de mis abuelos. Dejó una nota, o una carta para mi abuelito. Volvería hasta que nació mi hermana, más de un año después.

¡Lo que costó la vida junto a mi padre al inicio! ¡La de problemas y obstáculos que uno y otro tuvieron que afrontar! Uno y otro cedían porque se amaban. Juntos, con una manera muy peculiar de construir su relación, de pedirse cuentas uno a otro, de llenarse de pequeños detalles que mostraban que se amaban. Juntos anduvieron por muchos sitios, viviendo aventuras con las que crearon una historia que amenizaba las cenas en casa, cuando era pequeño. «¿Te acuerdas…?» era la pregunta generadora que soltaba muchas carcajadas: Un burro perdido con todo asegurado, correr a la pila de agua, la yegua “la maestra”, el morral de don Cleto, las vacas prometidas como dote, los inspectores: Dolores, Taurino, Ángel, Manuel Medina Miranda. La reflexión final casi siempre era: «Todo lo que hemos pasado, ¿no?» y una mirada que no entendía, pero que ahora comprendo más porque mi corazón me ha enseñado que compartir lugares y momentos solidifica la relación de dos almas.

Sus canciones: «Por fin» y «Amor del Alma» nos mostraban lo que significaba uno para el otro. Por eso nosotros pudimos crecer en un hogar con amor. Nunca fue sencillo y sólo Dios sabe las veces que tuvieron que discutir. Una sola cachetada soltó mi madre. Fue suficiente para que no tuvieran que pelear hasta llegar a esos bordes. Con todo, el genio de ambos era suficiente para hacer estallar la peor de las guerras. Eso sí, enojada y todo no era capaz de dejar de atenderlo. Servía su plato, pero no comía con él. Luego, sí se reconciliaban. En un estira y afloja que pasó incluso la prueba de la muerte: «Güero ya llévame», solía decirle a la fotografía frente a su cama. «¡No, pero mejor no, eh!», ella misma corregía al instante. Hasta que una tarde, se cumplió su deseo.

Cada experiencia en su vida le brindó las herramientas para enfrentar los retos que debió superar. Miraba la realidad con desconfianza y se preparaba para lo peor. Su confianza en Dios estaba marcada por el dicho: «Ayúdate, que yo te ayudaré, dice Jesús». Así, rezaba con mucha fuerza, pero también hacía todo lo que estaba de su parte para lograr sus metas. Levantarse a las cinco de la mañana para preparar tanto el almuerzo como la comida, dejar limpia la casa, bañarse y prepararnos el baño. O lavar los fines de semana ¡hasta lo que llevábamos puesto! preparando una charola de tortas para mi hermana y mi padre que gozaban el fútbol de los domingos. Cada detalle, cada comida, cada instrucción, cada consejo era una muestra sencilla del inmenso amor que tenía por su familia. No se trataba de una obligación cumplida, sino de la entrega de una madre, de una esposa, que esperaba lo mejor para su familia.

En esa espera siempre fue muy precavida: un doble suéter para que mi padre no se resfriara, más de una manzana para que Tilo no pasara hambre, un poquito de dinero extra para que la Chata no sufriera carencias, bolsitas, papel o servilletas, un paquete de chicles y alguna fruta cuando viajábamos. «Tú no sabes», decía. Y cuando íbamos a una comida o cena como invitados, nos hacía comer algo ligero antes: «Hasta de boca se van a ir para servirte, seguro», decía, citando la sabiduría de su suegra. Al llegar al final de sus días, también fue preparando a mi hermana para que nada quedara descuidado.

Amorosa, alegre, severa, apasionada, perspicaz, de palabras contadas, agudas y sabias; con una mirada que notaba hasta los mínimos detalles y los interpretaba con precisión, tierna y dulce «por las buenas», genio terrible y temible «por las malas». Aborrecía todo lo que estuviera manchado de hipocresía, de mentira, de zalamería. Por eso desconfiaba de las asociaciones y grupos de la Iglesia. «Yo no soy cucaracha de sacristía», repetía con una dosis de orgullo en la voz. «Anda tú», le decía a mi padre cuando la invitaba a vivir en medio de su mundo con los devotos del Niño Doctor.

Sin embargo, su servicialidad la involucró en más de alguna actividad. Una visita al penal de Miahuatlán, las fiestas del 30 de abril, alguna celebración donde la invitaban y tenían que emboscarla para que estuviera… Hacía todo para que las cosas estuvieran a punto, pero no le gustaba figurar como el centro de atención. Tanta era su timidez, que cuando la buscaba mi padre para que pasara al frente, ella ya se había escabullido a la cocina, o a otra parte. «Ya sé como eres, güero, por eso mejor no me meto», decía después, cuando él preguntaba dónde se había metido.

Así se marchó, se nos escabulló en una jornada sin que metiéramos ni las manos. Así fue su vela, con la familia y amigos más cercanos, sin llamar la atención, sin que las «metiches» llegaran «a la pepena, y no a la pena». Así fue su sepelio, sin el escándalo de la música estruendosa. «Ya la escuché cuando estuve viva, ya tendida, ¿para qué? Ni lo voy a oír», me dijo un día. Algunos íbamos cantando porque, al final de todo, también hay algo de festivo en su partida: estamos seguros de que está con mi padre, que mira el Rostro amoroso de Dios y que es feliz. Esta felicidad no le será arrebatada, ni habrá una injusticia que se interponga en su plenitud.

Por eso mi corazón está en paz en medio de mi tristeza. He llorado y estoy cierto que el hueco dentro de mí se irá convirtiendo en una presente ausencia con la que voy a aprender a vivir. Donde hay pena, abunda la Gracia de la Esperanza y la Fe, el Amor nos asegura que somos eternos, y que podemos mirar a la muerte a los ojos y decirle: Bienvenida. El Amor de Dios es más poderoso que nuestros temores. Hoy ella lo sabe.