En lo profundo del corazón mis sentimientos quedan tablas, mientras digo “hasta pronto” y apunto al cielo como único origen y última meta de esta vida. Sé bien que su plan triunfa por siempre, en sus manos pongo tanto al hermano que parte como a la comunidad que vive después de su partida. Toda palabra profética se anula, toda elucubración sobre el pasado está demás. Entre más lo pienso, menos tiene sentido –clara indicación que a esto se accede por la vía del corazón mientras se afirma el propio asentimiento.

Ver a Pablo marcharse desde el corazón me deja tranquilo: agradecido y confiado, podría decir. Estoy tranquilo porque sé que cuando algo es de Dios, el plan de salvación triunfa siempre, que Él es capaz de seguir erigiendo su obra más allá de las fronteras artificiosas de “adentro” o “afuera” que hemos creado en estos siglos de vida religiosa. Lo ha hecho conmigo y eso confirma lo que mi corazón sabe. Estoy agradecido por todos los momentos que pude compartir con Pablo. La persona amable, animosa y optimista, con una chispa creativa e ingenio muy ágiles y dispuestos a arrancarle una sonrisa hasta a la situación más pantanosa. Encontrarle era unas veces llegar a un oasis y otras veces irritarse por sus bromas. De todas esas veces, de lo que me enseñó con su persona, sus acciones, su opinión, su silencio, su desafío constante a la autoridad investida, sus deseos utópicos coartados por la inconstancia… en fin, la persona de Pablo fue bendición para mí y estoy agradecido. Finalmente, estoy confiado en que esta experiencia le servirá para enfrentarse a sus propias angustias, sus temores, sus dudas; y que le ayudará a crecer como ya no podía hacerlo aquí. La etiología de su estancamiento está de más.

Creo en la Escuela Pía, en el proyecto de vida que he asumido desde hace algunos años a la fecha. Creo que el Señor puede sacarme jugo en esta experiencia que construyo cada día, en compañía de mi comunidad, iluminados, afirmados e inspirados por Él. Quien modeló nuestro corazón comprende todas nuestras acciones. Por eso, la salida de Pablo no me produce hoy una sacudida vocacional. Más bien me lleva a valorar quién soy aquí, no lo que tengo –pues eso terminará algún día– ni lo que hago –pues eso también es mudable. Quien soy aquí está en desarrollo y descubrimiento constante. Lo que he mirado hasta hoy me maravilla, me llena de gozo y agradecimiento, como cuando se sabe que va por la brecha correcta.

La meta, la meta no se mira… mi vida sigue siendo incierta: una brisa que pasa, una sombra… soy un hombre de barro cuya fragilidad sostiene una llama divina que ha sido confiada en ella por puro Amor. El solo pensamiento de ello me estremece. Hoy afirmo mi estancia aquí, como quien se sabe amado, como quien ama y quiere responder desde su pequeñez hecha grandeza en Jesucristo, el Señor. Por Él vivo, sueño, creo, siento y hago.

Sabiendo que ambos vibramos con el mismo Señor y que todos los senderos están en sus manos, yo te bendigo, Pablo. Espero que tu corazón encuentre la sabiduría que sólo Dios nos otorga, que tu camino te lleve siempre al encuentro que se vive con el Resucitado y que sostiene la vida entera para darle sentido, verdad, bondad. Gracias y hasta pronto, hermano.