Supongo que era cuestión de tiempo, dadas las circunstancias por las que atraviesa Celaya, con el crimen y la violencia como está, para que tuviera que presidir las exequias de tres personas: un abuelo, un padre, un nieto… ¿qué se dice en circunstancias así? No lo sé. Esto es lo que yo compartí con la comunidad esta mañana.

Hoy estamos reunidos en una hora de dolor profundo, hermanos. Esta mañana encomendamos al Señor a tres hermanos nuestros que nos han sido arrebatados con crueldad y sin sentido. No es justo que haya sucedido así, de ninguna manera. Su muerte se une a la de todos los inocentes y los justos, que han derramado su sangre desde el principio del tiempo, y sigue reclamando justicia. ¿Dónde está el Señor de la Vida en estos momentos?, podemos preguntarnos.

Dios está vivo y es un Dios de vivos, no de muertos. Él no busca la muerte de nadie, ni siquiera de ésos que han torcido su corazón lo suficiente como para terminar con la vida de quienes nada habían hecho contra ellos. Dios está vivo y camina doliente en medio de su pueblo que sufre los ultrajes que nos preocupan día con día. Dios está vivo y sostiene nuestra mano temblorosa, limpia nuestras lágrimas que nacen del dolor, de la tristeza, de la amargura y de la confusión. En medio del silencio, Dios mismo se une a nuestro grito de justicia y de paz, porque Él es el primero en reclamar al mundo ambicioso y egoísta, violento y roto: ¿Dónde está tu hermano?

No vamos solos, hermanos. Somos peregrinos en este mundo y buscamos con sinceridad el Reino de Dios. La honestidad, la justicia, la dignidad son valores que no están a la venta. No negociamos nuestra vida porque sabemos que estamos en las manos de Dios. Para nosotros, él es todopoderoso porque no deja de trabajar por su pueblo, y es el único capaz de hacer surgir bondad en medio de este dolor tan intenso. Llora con nosotros, sí… pero también nos da la mano para levantarnos y seguir adelante en este camino de la vida. Nunca estaremos solos, ni nos quedamos en el abandono y la soledad, sin sentido, indefensos… ¡NO! Porque Dios mismo es quien saca la cara por sus pobres, es capaz de sanar nuestras heridas y sembrar en nosotros la semilla del amor, que también puede ayudarnos a rescatar a otros de su tristeza y su angustia. Somos una familia que peregrina hacia una patria eterna, pero Dios nos espera mientras camina con nosotros.

¿Por qué lo permites, Dios? ¿Acaso es tu plan que mueran inocentes a manos de malvados? ¿Es que no puedes ayudarnos? Podemos preguntarnos esta mañana. Yo se lo he preguntado mil veces antes de escribirte estas líneas. La respuesta sigue siendo: “dichosos los que tienen hambre y sed de justicia porque serán saciados; dichosos los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios; dichosos serán ustedes cuando los persigan… así trataron sus padres a los profetas.”

Jesús sabía que hay maldad en el mundo. Jesús entregó su vida entera para defender la causa de la justicia y el amor fraterno y universal. Jesús fue incómodo y hombres malvados decidieron eliminarlo. Los discípulos, su Madre, también se hicieron esas mismas preguntas: ¿por qué, Padre?

¡Y el Padre dio la respuesta final con la resurrección de Jesús! Podemos confiar, hermanos, que si nuestros tres hermanos han compartido la muerte injusta de nuestro Señor, que si defender la justicia y desear construir la paz les trajo el odio sin sentido de corazones cerrados y violentos, la justicia de Dios no se quedará sin actuar. Podemos esperar que ellos mismos podrán mirar a Dios cara a cara ahora para que Él mismo los reciba en su Reino y los reconozca como sus hijos más amados. Ellos han lavado su túnica en la sangre del Cordero. Ellos nos esperan ahora, en lo que será un instante para ellos, y toda la vida para nosotros.

El legado que encontramos en su ejemplo puede hacernos sentir orgullosos, y levantar la frente con dignidad. La palabra de Cristo: “Yo soy la resurrección y la Vida, quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá” puede consolarnos, incluso si ahora nos sentimos como muertos ante el dolor de nuestra pérdida.

Deja, hermano, que el mismo Jesús enjugue tus lágrimas, cargue un poco tu propio dolor, unido a su cruz, y te recuerde que lo que ahora parece muerte y angustia, Él lo transformará en VIDA ETERNA. Deja que sea el mismo Jesús, quien te muestre sus propias heridas en las manos y los pies, para que su amor sea verdadero para ti. Deja que sea el mismo Jesús quien ilumine tu corazón para también decir como él: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Deja que Jesús mismo, cubierto en sangre y polvo, con el pecho abierto y los ojos llorosos, se siente a tu lado esta tarde para abrazarte fuerte y decirte: “Yo soy la Vida. ¿Crees tú esto?”.

Y nosotros, como comunidad, no podemos quedarnos insensibles ante esta tragedia. Es nuestra misión estar con esta familia también, más allá de los días de duelo que por costumbre guardamos. Ellos nos necesitan con solicitud, servicio, caridad y consuelo. No te contentes con saber detalles mórbidos, o especular escenarios. No seas como el resto del mundo que lamenta hoy, pero olvida mañana, esperando la siguiente noticia para hacer como que le importa.

Tú eres un hijo del Padre amoroso, que nos ha entregado a su Hijo Único para que tengamos Vida. A ti se te ha encomendado esta familia, estos hermanos tuyos, hijos de un mismo Padre, para que los cuides y ames. Hoy tú no puedes decir “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”

Que nuestro corazón confundido y adolorido encuentre descanso en la cruz misma, que es signo de amor y salvación. Que nuestro sufrimiento acompañe hoy al de María al pie de la Cruz, recibiendo a su Hijo. A ella, por su intercesión, encomendamos el alma de estos tres hermanos nuestros, y le rogamos que su corazón de Madre llene de amor el corazón de nuestras hermanas, de la familia entera. Porque sin ella, sin su consuelo, sin su consejo y compañía, sin su auxilio, nuestras aflicciones nos devoran el corazón hasta dejarnos huecos por dentro.

No te rindas. Dios te ama y no te dejará sola en medio de todo esto. Que tus lágrimas no te impidan mirar el rostro doliente del Dios que te acompaña. Que tu dolor no te lleve a rechazar la mano herida que Cristo te extiende para que te levantes, con la frente en alto, y vivas con dignidad. Paz.